quinta-feira, 22 de julho de 2021

CARLOS GARAYAR | César Calvo y la novela de Ino Moxo

 


En apariencia Las tres mitades de Ino Moxo y otros brujos de la Amazonía es uno más de esos libros que exploran el mundo de la magia y que, planeados como entrevistas o experiencias con un famoso chamán, buscan introducirnos, de manera más o menos impertinente o impostada, en la mentalidad mítica de los llamados pueblos primitivos. Pronto, sin embargo, el torrente de imágenes en que nos sumerge nos hace descubrir que la excursión a lo exótico no es el impulso que guía a esta narración límpida y desconcertante.

El desconcierto empieza con la estructura. Por comodidad podemos llamarlo novela, pero el libro acepta ser considerado como una serie de visiones que, en primera instancia, se superponen de modo caótico y enhebradas apenas por la historia de una búsqueda. Ésta no sigue una secuencia lineal, sino, más bien, es circular y recurrente, por lo que, a pesar de que sabemos que el protagonista tiene como meta encontrar a Ino Moxo, no llegamos a determinar en qué etapa de la búsqueda nos encontramos. Las escenas, entonces, parecen sucederse no por una relación de causa a efecto o progresión temporal, sino por la resonancia de una palabra, un tema, un personaje que actúan a modo de conjuros que convocan a otras escenas, anteriores o posteriores, cercanas o lejanas, nuevas o ya contadas. Exteriormente, sin embargo, el libro está dividido en cuatro secciones, cada una constituida por varias escenas, que no son compartimentos estancos ni necesariamente siguen un desarrollo cronológico. La última sección nos da la clave del conjunto porque parece ser el único que está anclado en la realidad tal como solemos considerarla.


El protagonista emprende la búsqueda del jefe amawaka Ino Moxo en las profundidades de la selva. Por supuesto, no importa saber por qué ni cuándo lo hace. La narración se instala en una geografía reconocible –se mencionan ríos, ciudades, direcciones-, pero el otro determinante básico, el tiempo, se enrosca como una gran serpiente o se disuelve como la bruma. Igual sucede con los motivos. Sólo sabemos que esa búsqueda es esencial porque, como la de Telémaco, es la del padre. El protagonista es César Soriano, y su primo César Calvo, uno de sus acompañantes; pero al final nos enteramos que este último es el real, y Soriano únicamente un desdoblamiento en la visión. Aunque el narrador no hace hincapié en ello, no se necesita ser demasiado observador para darse cuenta de que, siendo Soriano el apellido de la madre de César Calvo, el viaje iniciático se realiza, de ese modo, desde el vértice materno hacia el paterno. Ese padre no es el carnal -el pintor César Calvo de Araújo, también mencionado-, sino el espiritual, el que le facilitará el acceso a la comprensión, Ino Moxo.

La obra trabaja con relativamente pocos personajes, caracterizados menos por su singularidad sicológica o su forma de hablar, que por su jerarquía en el mundo de la sabiduría ancestral y por las historias que cuentan: los brujos don Javier, don Hildebrando, don Juan Tuesta; Iván Calvo, Ruth Cárdenas y Félix Insapillo; o aquellos que forman parte de los relatos de otros, como Fermín Fitzcarrald, Babalú o el curaca Hohuaté. Todos se ven enriquecidos por los desdoblamientos que, sabiéndolo o no, experimentan y por su continuo tránsito de una visión a otra; desdoblamientos que son consustanciales al mundo de la magia y que en la cosmovisión amazónica son aun más complejos, pues para ella no sólo se desdobla el hombre en alma y cuerpo, sino en varios hombres, cada uno con su cuerpo y con su alma. Los personajes, así, aunque sicológicamente sencillos, adquieren consistencia y misterio.

Podemos decir, entonces, que Las tres mitades de Ino Moxo se estructura en tres niveles: el de la búsqueda del encuentro con el padre-maestro, que parece ser el nivel “objetivo”, hasta que al final resulta también relativizado; el de los personajes, oscilantes y escindidos, según sus “personas” o vidas; y el de las visiones, iridiscentes e igualmente imposibles de asir. Detrás, nutriendo todo, la cosmovisión amazónica y su principio de la contradicción totalizadora, según el cual las cosas son y no son lo que aparentan, pues las dimensiones de la realidad son muchas y simultáneas. Para abarcarlas, uno debe “ver”, esto es, traspasar la capacidad de los sentidos. Un río, dice uno de los brujos, puede ante nuestros ojos corporales carecer de agua, porque esa percepción pertenece al espectro de lo visible, pero no de orillas, y éstas no son dos, sino tres, cuatro, cinco...

La relación del hombre con los objetos cobra, así, una importancia capital. Para el que “sabe”, ellos son el vínculo con la totalidad. Los objetos poseen espíritu, contienen fuerzas positivas o negativas que el brujo domina y potencia. “Igual que los remolinos son amamantados por serpientes gigantes, así todo vegetal tiene su madre también. Las despertamos para que aumenten con su cariño las fuerzas de la cura”, dice don Manuel Córdova. Pero aun los objetos fabricados por el hombre son el punto de encuentro de las varias dimensiones de la realidad, como el cajón de Babalú, que sigue sonando, aunque su dueño ya es difunto, e introduciéndose en el cual su viuda se interna en el mar. Sin embargo, hay objetos privilegiados, especies de talismanes o puertas hacia el espacio sagrado, en los que se concentra esa potencia. De esa calidad son el quero que se le aparece al protagonista en sus “mareaciones”, la piedra negra que da origen al “agua de la serenidad” o los icaros que pronuncian los brujos. Pero el vínculo por excelencia con la realidad que “habita el aire” es la ayahuasca, la soga del muerto, la fuente de las visiones.

La naturaleza y las cosmovisiones americanas han sido fuente de inspiración para la literatura desde tiempos remotos, y en el siglo XX dieron origen a las corrientes de lo real maravilloso y el realismo mágico. A ninguna, aunque comparte con ellas el impulso inicial, puede adscribirse Las tres mitades de Ino Moxo. Para Alejo Carpentier lo maravilloso es observado desde una racionalidad que establece comparaciones y ordena lo contemplado, en tanto que para Gabriel García Márquez el prodigio, a pesar de ser asumido como natural, se proyecta sobre un fondo de normalidad que establece el contraste. César Calvo, en cambio, concibe lo maravilloso como la subversión total de lo racional, como un espacio saturado de presencias, paralelo al real, visible para quien esté dispuesto a verlo e imperceptible para el que se niegue a él, el tiempo del mito.


“La realidad no es nada si no se llega a verificar en los sueños”, dice Ino Moxo. Porque el sueño que proporciona el ayahuasca no exime al iniciado de la realidad; por el contrario, lo instala en una más amplia que le permite asumir como una totalidad con sentido aquello que la linealidad del tiempo y la continuidad del espacio no pueden sino presentar en forma fragmentaria. El protagonista del libro consigue en sus vuelos unir lo que en el nivel de la apariencia es inconexo: las visiones saltan del Cuzco a Pucallpa o al mar de Eten, enlazan el esplendor del imperio incaico con la casi extinción de la nación amawaka, identifican a Ino Moxo con el inca Manko Kalli, mezclan las imágenes de unos brazos que se convierten en alas con la crónica de Fermín Fitcarrald editada por el cauchero Zacarías Valdez. La voluntad de representar el conjunto del Perú y su historia, convirtiendo las visiones en testimonio y a la vez en reclamo de los vencidos, lleva al narrador a establecer algunas relaciones forzadas. Al final, por ejemplo, tal vez demasiado explícitamente, don Manuel Córdova (una de las mitades de Ino Moxo) le aconseja a César Calvo: “No vayas a alterar la realidad del sueño, no divorcies la magia de la historia ni la vigilia del mito”.

Las tres mitades de Ino Moxo, a pesar de su estructuración insólita, mantiene preso al lector porque por debajo de su caos de imágenes, de sus recurrencias y de su regusto por las contradicciones late un fondo de autenticidad y pasión. Pocos libros como éste se han acercado a la selva con la naturalidad que da el conocimiento profundo. La amazonía ha tenido la desdicha


de figurar en la literatura la mayoría de las veces como naturaleza más o menos exótica, apenas telón de fondo de historias en las que, siguiendo el lugar común del “infierno verde” o el paraíso donde el hombre prueba sus fuerzas, se desarrollan argumentos más o menos simplones. El libro de César Calvo no reduce la selva a paisaje, ni siquiera cuando, como en el capítulo en el que “Ino Moxo enumera las pertenencias del aire”, los animales y las plantas son presentados, uno tras otro, en un recuento abigarrado, porque para él la selva es naturaleza viva –sintomáticamente, los seres de esa enumeración son descritos según sus sonidos, incluso los peces y los vegetales-, a la vez atmósfera y suma de objetos individualizados, pero sobre todo en estrecha relación con el hombre, ni empequeñecida ni abrumadora.

Conocido casi exclusivamente como poeta, César Calvo incursiona por única vez en la narrativa con Las tres mitades de Ino Moxo. El cambio de género, sin embargo, no le ha de haber resultado difícil, pues este libro, que, como dijimos, se resiste a ser considerado novela, resulta, de algún modo, una extensión de su labor poética. El registro de algo tan complejo como una alucinación requería de un trabajo de lenguaje que Calvo, sin exagerar la nota lírica, realiza a gran altura. Gran parte de la fascinación que el libro ejerce sobre el lector deriva de esa elaboración lingüística en la que se combinan la rotundidad y sonoridad del léxico con la cadencia del ritmo y la aparición inesperada de las metáforas. Esa presencia poética no se limita a las descripciones, su ámbito natural, sino impregna los diálogos, los silencios, los giros sorpresivos de la narración. Por eso, quien lea la obra desde la incredulidad, de todas maneras encontrará magia en sus páginas, la magia de un lenguaje que cobra vida propia, de la poesía que, finalmente, es revelación y, a la vez, como quería el Lunarejo, “pompa de palabras”.

 



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Número 176 | julho de 2021

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