quarta-feira, 8 de setembro de 2021

MIGUEL ALFONSO MÁRQUEZ ORDÓÑEZ | Comentarios para celebrar la aparición de la obra de teatro El museo del visionario, de Floriano Martins y Berta Lucía Estrada



Esta experiencia con las palabras que se llama El Museo del Visionario, es lo que me coloca en el lugar de la lectura y de la escucha de esta obra de teatro, pues despierta el deseo de averiguar e indagar en los decires confluyentes de una manera dramática de sentir, imaginar y escribir. Supone de entrada como dos fuerzas en contacto: la que va por la vía de la acción de la mirada y la que recoge y acopia para que otro mire, aunque lo coleccionado sea una “muestra”, es decir, una puesta en escena. Sin embargo, es un mostrar al que no voy a escarbar en el por qué de esa tendencia inercial en lo que entendemos como museo; esa tendencia que conduce a cierta máquina fría de los elementos y al acento de lo aparentemente pasivo de lo que acontece entre sus juicios y prejuicios. En este sentido, El Museo del Visionario es un título que con su dinámica no cabe bien en el esquema, es más, cabe mal, con confrontación de principios, porque a lo visionario uno lo imagina en plena calle con la encarnación rimbaudiana de la vida y la muerte, y no en las salas espaciosas de una museística de congelamientos que sirven para especificar y subrayar prestigios.

Por otro lado, conozco desde hace casi veinte años al poeta y artista brasileño Floriano Martins (1957), y sé de su activismo cultural, de su política crítica y de acercamiento cultural del Brasil, a través de su empeño, a los países hispanohablantes y a la inversa también; de su interés por el surrealismo como algo mayor para él y de su constante, fructífera y ambiciosamente inédita labor editorial. Lo sigo, estoy atento a sus movimientos, ya que donde se involucra las cosas salen bien, con estilo, con cosas que decir, desde un trabajar sin descanso y con calidad óptima en varias direcciones.

En este caso escribe una obra de teatro a cuatro manos. La poeta colombiana que lo acompaña en la afinidad es Berta Lucía Estrada (1955). Por la manera en que habla de ella y de la especie de fiesta creativa en la que siempre andan, se ve que son grandes amigos. Esto de alguna manera debe tener su responsabilidad en este espacio de alegría que han creado. Alegría de escribir, pensar, imaginar, jugar.

El párrafo inaugural, que está dentro de una especie de introducción llamada “Las puertas del abismo”, dice así: “Cuando entramos por primera vez en el Museo del Visionario, las inmensas salas estaban completamente vacías. Berta y yo, naturalmente, fuimos sorprendidos con lo que pronto nos dimos cuenta de que no podía ser de otra manera. En otras palabras, el visionario que evoca el museo es quien lo visita. Este museo requiere que seamos visionarios para que pueda existir. Se alimenta de nuestra imaginación, los vislumbres de nuestros deseos, las semillas de nuestras pasiones más secretas”. Exacto, se trata de asumir de alguna forma y rápido el registro del “visionario” como condición de posibilidad de la existencia de este museo. Y según esta lógica al parecer cada quien accederá a esas obras en movimiento que nos anuncia este libro: acaso una experiencia de la percepción a través de dos poetas que se reúnen para hacer las veces de conductores, de guías, de chamanes en este recorrido para que –es como una promesa tácita– se abran y cierren las cosas (de uno) de repente.

Aceptemos entonces las pautas que proponen y vayamos con ellos a inventar y a descubrir por estos pasillos de la imaginación voraz, ya que aquí estamos, según dicen, en un universo objetual (el museo) de constantes apetencias por esa intimidad nuestra que tal vez se verá expuesta afuera, en una sorprendente transición. De este modo, lo visionario se va perfilando como aquella tentativa de percibir lo que nos habita y no habíamos visto. Entramos en una acción donde el museo y el visitante pierden los límites originales y se entremezclan por exigencia de la mirada. Que es como decir: para llegar a lo visionario hay que dejar de mirar como lo hacíamos.

Los autores citan, entre otros, a Monet, para alumbrar también con referencialidades: “Las cosas no avanzan de manera constante, principalmente porque cada día descubro algo que no había visto el día anterior… Al final, estoy tratando de hacer lo imposible”. Esto no es únicamente las palabras de un maestro, sino el establecimiento de una perspectiva fundante en los pozos nacientes de la sensibilidad contemporánea, esa que encuentra inscripción en el fluir y la disolución, en el instante y no en la permanencia, en los colores fugaces y no en la frecuencia sostenida.

En el camino de las complicidades que surgen cuando comienza la lectura a movilizar ideas y sensaciones, traigo acá una cita de George Bataille, escrita en su libro La experiencia interior, de 1954, donde afirma: “Entro en un callejón sin salida. Ahí toda posibilidad se agota, lo posible se hurta y lo imposible causa estragos. Estar frente a lo imposible (exorbitante, indudable) cuando ya nada es posible, es hacer una experiencia de lo divino; es lo análogo de un suplicio”. Es la equivalencia, a lo mejor, entre la sala vacía del museo y el callejón sin salida, dos vacíos aterradores cuando ya no es viable otra cosa distinta a lo imposible. Esta tal vez sea la equivalencia mística del abismo y el suplicio, esas dos caras de una misma moneda, dura y real.

 

Primer acto. “Hasta las últimas consecuencias”

Lo primero que nos recuerdan es que esta es una dramatización de algo que desconocemos y está emparentada con la percepción, las artes plásticas, la visión, lo imposible, la interioridad, la poesía, lo lúdico. El acto se llama “Hasta las últimas consecuencias” porque habla directamente con ese gran jugador de las ideas del alma apasionada que fue Federico Fellini, y así lo colocan como epígrafe de esta sección con una especie de extraña advertencia: “Quien quiera ser protegido, debe resignarse a ser protegido hasta las últimas consecuencias”.

De inmediato aparece una pareja de personajes: Chinela Alves y Le Conservateur (L. C.). Él está pregonando toda una circunstancia política que pudiera ser de ciencia ficción. Está la Guerra Fría, el espionaje internacional, una oficina controladora con sede en Europa del este, entre otras muchas cosas. La idea es la lucha contra los brotes de normalidad y en particular enfoca sus estrategias y cuidados sobre el Brasil.

Chinela Alves, ante la convocatoria de él a participar con improvisaciones “para cantar encima de las cabezas de la audiencia”, y en medio de un asesinato que no se sabe si ocurrió o no, concluye con una frase clara como un disparo: la vida empieza con una duda tremenda. Le Conservateur asiente y aparece otro personaje: Nerlock Sholmes. Este dice que hay que consultar a alguien en Moscú para preguntarle su opinión sobre el disparo y el silencio (¿la acción y lo pasivo de nuevo?). Afirma L. C. que “El silencio es el arma letal más poderosa”. Y surgen los temas de la vida, el sueño, la muerte, los sonámbulos, los zombis, el lazo de las confusiones que los entrelaza. Dos personajes más: Josepe Nabo y Astuto Dramal. Otra ciudad (Tel Aviv), otros acertijos. Comienza a subir el volumen del desconcierto y de lo absurdo. Entra un hombre de negro, no dice nada y “Viaja a través del escenario y frente a la mesa, que tiene el cuerpo de la víctima en el centro, cubierto de especias, ensaladas y frutas. Toma un cuchillo y, en el muslo, corta un pedazo y lo prueba. Su expresión es de intensa satisfacción. Utiliza una servilleta para limpiarse la boca, mira a todos los presentes y se va”. Y se disponen todos los caníbales a disfrutar de un manjar al que consideran “un elíxir de los dioses”.

 

Segundo acto. “Los miserables son la bestia del baile”

Entramos con un epígrafe de Cartier-Bresson: “La anarquía es una estética”.  Estamos ante un tal Javier Manzurdo que trae la ciencia de las cartas del Tarot, y en ellas trae consigo a los poemas: “BB, la mujer que estaba servida en nuestra mesa, está sentada en este momento en las escalinatas del Alvorada. Se pone y se quita la máscara; Balancín aplaude, mientras espía sus pies calzados con un par de cocodrilos. Con sus rodillas trata de acariciarle la nariz, larga como la trompa de un elefante, y que danza al son de un bosanova”.

–Qué lindo dice un ciervo –que es alguien de la audiencia y acaso es también el que ahora escribe, para celebrar las cartas de Manzurdo, en medio de un viento oscuro y unas esponjas en cuyo aullido la vida es un canto sacro y un deslinde cromático de versos.

El caso es que Aníbal Viola como lo dice su nombre y a propósito de ese destino podemos escuchar esto en algunas de sus palabras: “A veces el cuerpo es la única explicación para el abuso de los mitos. Será necesario tener en cuenta que la realidad no vale más nada. Es como un drama que se repite noche tras noche, un bufón que se ha vuelto loco por la comedia, y el público que solía reír a carcajadas ahora comienza a sentir lástima por los actores. Comí una parte del antebrazo de la mujer y su sabor me hizo retroceder en el tiempo, recordé minucias del pasado cuando obtuve buenos papeles”… Por allí va este señor de los abismos cuando estamos en presencia de Arlequina Cracovia, que viene del circo ruso que está en ese momento en la ciudad. Y ella afirma, entre otras cosas:

–Me digo a mí misma que la realidad es una casa abandonada. Una especie de refugio para aquellos que no se reconocen en el espejo.

Aníbal le responde:

–Aquí estás de nuevo mi hermosísima-horripilante Arlequina Kracovia. La tragafuegos del Este, que se sume en una permanente bulimia; al mismo tiempo que no desdeña una buena tajada del muslo de la mujer que sirve de festín.

Una mujer de la audiencia sube al escenario por invitación de Arlequina. Se llama Sula Manita y habla como ellos:

–Sé que lo bueno guarda una porción equivalente de maldad. Lo que no sé es qué corresponde a esta oposición imperativa.

Asimismo, continúan con este banquete que pudiera entenderse como platónico por lo placentero y por el intenso diálogo que se observa en esta gente que apaga los brotes de la normalidad como si fueran erupciones de la peste. Y hablan y conversan y filosofan sobre el bien, el mal, la realidad, los pecados del esplendor, el culto, los ritos y los protocolos de gentes que se comen con gran gusto a los semejantes en diferentes partes del globo.

Otro personaje en medio de una trama muy dinámica en la que solo pescamos unas frases guías para hacer el recorrido, dice lo siguiente:

–El acto de devorar al otro, especialmente cuando se trata de comer carne humana viva, es una de las formas más extremas de entender la humanidad dentro de nosotros.

 


Tercer acto. “Las figuras atraídas por la inmovilidad”

Ahora el epígrafe es de Carl Gustav Jung: “Los arquetipos son los más obvios, por lo que no notamos su presencia. Porque no entendemos lo que es obvio”.

Y agrega alguien del público: porque no se puede ver lo que no puede ser visto, es decir, lo que nos permite ver. Alguien, por allá, dice que está equivocado, que no es así. Este, por acá, el de la frase, no le responde nada.

De pronto, “Se enciende una vela en el escenario. Y entonces otra y otra. Cinco velas encendidas. Después es posible ver el escenario desnudo y cinco actores sentados en el suelo, dispersos por toda la escena. Los actores también están desnudos y usan máscaras que cubren sus rostros”.

El coro de voces de esta sección es intraducible, aunque está en perfecto español. Es intraducible porque el coro de sus oraciones no puede ser sino leído en su entero conjunto por cada persona en particular. Es por eso que nos limitaremos a ciertas descripciones y a la anotación de frases inevitables.

Aparecen los siguientes personajes: Lagarto, Chinela, Sula, Arlequina y Hurón. El tema general es el de las metamorfosis, pues cada uno de ellos vivirá diversas mutaciones, como las calas asesinas en un cuadro muy oscuro.

Algunas frases:

“¡Qué noche! Siento que otros animales salen de cada uno de sus cuerpos. Sula Manita debe ser un canguro, pero con alas, que pueden planear en las alturas alcanzadas por sus saltos”.

“Chinela Alves es la extraña mezcla de hormiga y cigarra, con su canción paciente que viaja a través de la inmensidad de los tiempos más remotos. Es la belleza objetiva”.

“Cuán lejos caen las noches de la cima de su vértigo”.

“Encontré un manuscrito arrugado que muestra cómo pueden volar las piedras”.

“A veces es suficiente vivir los sueños en vez de soñarlos. He ahí la respuesta de la esfinge”.

“Sí, es como la vida, es mejor vivirla que saber sobre ella. No quiero saber quién soy”.

“Estoy convencido de que somos todo lo que vemos”.

Y entonces, hacia el final: “Los cinco actores se quitan las máscaras y las ponen en el suelo. Un breve vendaval desorienta el balanceo de las velas. El público está extasiado con el baile de las sombras. Y comienza a improvisar una canción. Un solfeo al mismo ritmo que las sombras”.

 

Intermedio en la lectura

Puedo mencionar palabras como extraordinaria, insólita, pantagruélica, excepcional, desmesurada, fantástica, para referirme a lo leído con calificaciones que subrayan la admiración por lo que ocurre en estas páginas. Y paradójicamente, siento que así me separo de lo importante y quedo en las afueras del asunto, del meollo, de lo significativo. Es decir, siento que no hablo desde el epicentro onírico de lo que aquí acontece, acaso solo puedo acercarme un poco a este hervidero alucinado y referirlo, señalarlo, mencionarlo (la diferencia entre hablar de y hablar desde), a la espera de que algunos, después, en la ruta de las lecturas y sus historias, instalados en las vivencias y sus instancias, nos hablen por fin con más detalles de los caminos por donde transcurre esta ontología desquiciada. Quizás me siento al margen también, porque al estar estos personajes reunidos en torno a un banquete antropofágico, es probable que me hagan rebotar las expectativas propias, las ideas que traía, y pienso y me subrayo para espabilarme que este no es el Banquete de Platón, que no le ande buscando un sentido al sinsentido, la parte que faltaba para que la vida cuadre como debe, sino que deje que eso absurdo que se toca aquí, se expanda, se dilate y entre en conexión con otras corrientes de lo humano, como aquellas que tan bien le lucen como símbolo a la literatura de alguien como el Marqués de Sade o al libro mítico Del asesinato considerado como una de las bellas artes. Una literatura donde el daño, la crueldad, la tortura, el castigo, el cuerpo del delito de vivir y la realidad en su registro de cosa insoportable, se abren como una fruta amarga ante los ojos deslumbrados, ante lo visionario que fulgura en este ángulo que no se resuelve por la vía de lo sublime. Porque eso visual que se encarama en las circunstancias, parece ser justamente lo que privilegia el otro lado de la luna con ese obrar artístico para darle la vuelta a aquello que nos perturba y nos muele. Parece que esto es viable lograrlo como alternativa en el escalofrío ficcional y las malas costumbres del asesinato, el canibalismo y la muerte. Aunque, creo preciso destacarlo, los bajos fondos de lo despreciable y lo ruin no son aquí cultivados con el esmero de un supuesto placer sadiano. Son más bien como partes del entusiasmo vital de un juego creativo donde lo que más importa es el desafío verbal para preservar lo más humano en las extraordinarias, voluptuosas y entusiastas formas del decir. Y es Jorge Luis Borges quien puede acotar lo que parece lo más importante de manera magistral como siempre. Escribe el sabio en las conferencias Siete noches, de 1980, en la correspondiente a las pesadillas, estas palabras: “Tendríamos en los sueños, pues, la más antigua de las actividades estéticas; muy curiosa porque es de orden dramático. Quiero agregar lo que dice Addison (confirmando sin saberlo, a Góngora) sobre el sueño, autor de representaciones. Addison observa que en el sueño somos el teatro, el auditorio, los actores, el argumento, las palabras que oímos. Todo lo hacemos de modo inconsciente y todo tiene una vividez que no suele tener en la realidad”. Exacto, es que al entrar a esta obra, a este museo dramático de los orígenes, entramos en realidad al mundo inconsciente de los sueños y encontramos, en este acontecimiento ficcional, algo tan encarnado en la fascinación de la presencia, que la vividez debe ser, seguramente, una característica clave del líquido amniótico de esta formidable criatura.

Llegados a este punto, manifiesta Oswaldo de Andrade que quiere decir algo desde su entrañable complicidad con esta obra de Berta y de Floriano. Coloco solo un fragmento de su Manifiesto: “La lucha entre lo que se llamaría Increado y la Criatura –ilustrada por la contradicción permanente entre el hombre y su Tabú. El amor cotidiano y el modus vivendi capitalista. Antropofagia. Absorción del enemigo sacro. Para transformarlo en tótem. La humana aventura. La terrenal finalidad. Pero, solo las puras élites consiguieron realizar la antropofagia carnal, que trae en sí el más alto sentido de la vida y evita todos los males identificados por Freud, males catequistas. Lo que sucede no es una sublimación del instinto sexual. Es la escala termométrica del instinto antropófago. De carnal, él se vuelve electivo y crea la amistad. Afectivo, el amor. Especulativo, la ciencia. Se desvía y se transfiere. Llegamos al envilecimiento. La baja antropofagia aglomerada en los pecados del catecismo – la envidia, la usura, la calumnia, el asesinato. Plaga de los llamados pueblos cultos y cristianizados, es en contra de ella que estamos actuando. Antropófagos”.

De esta manera, lo seguro es que debo cambiar la perspectiva inicial en cuanto al interés por las formas de la percepción sensorial, estética, y apuntar de igual modo hacia la relación con el otro, con ese otro esquivo, complejo, difícil, en unas relaciones conflictivas o trastornadas o fuera de registro, donde muchas veces como que pareciera preferible tragarse al otro que soportarlo. Así como se amontonan las basuras con la idea tradicional del Yo, tan manoseada por las baratas y muy difundidas psicologías del bienestar. Estaré atento a esto. Por los momentos, traigo acá unas palabras de Floriano y Berta sobre la obra. Ellos dicen, entre otras cosas importantes, uno, “La obra de teatro El Museo del Visionario es una experiencia vertiginosa del lenguaje ante la desagregación del ser. Sus personajes representan la confirmación de un mundo de pérdidas, la realidad en estado de caída. Un mundo relleno de repeticiones, los cultos distorsivos, la angustia humana ante la imposibilidad de encontrar un nuevo camino”. Dos, “El poder de la evocación, el poder del sueño y el estado de semivigilia, pueden conducirnos por terrenos espinosos, metafísicos, que nos revelan el otro lado de la existencia; ese otro lado que está siempre oculto, aplastado sería la palabra adecuada, por la razón. Una razón simbolizada por el potente foco que solemos poner sobre nuestras cabezas para evitar el juego de las sombras. Así tenemos la impresión de caminar por terrenos seguros cuando en realidad somos eternos funámbulos que luchamos por no caer al vacío, a la nada”. Y tres: “En cierta forma El Museo del Visionario podría ser una de las tantas imágenes de un espejo cóncavo encontrado en el Museo de la Inocencia de Orhan Pamuk; allí donde los recuerdos, pasados y futuros, encuentran miles, millones de imágenes repetidas; algunas reales y otras soñadas o imaginadas. Sin embargo, incluso donde las cosas se parecen más entre sí, más encuentran un punto de distinción que se ensancha como un abismo a medida que nos dejamos tragar por él”.

Es mucho lo que Floriano y Berta dicen y es muy útil para la orientación en esta experiencia de lectura de una obra que está dentro de los parámetros de lo surrealista, entendida esta opción tanto por la dramatización de este cadáver exquisito, como por la relación con los poderes del inconsciente, el deseo, los sueños, la sombra, los arquetipos, es decir, aquello que suele dejarse de lado por el predominio de la conciencia y la razón científica, ese parcelamiento engreído y empobrecedor de lo más humano que suscita en su contra movimientos muy intensos de crítica y resistencia. Aquí, entonces, ellos acentúan como caldo del preludio: la angustia ante la imposibilidad de encontrar respuesta, la desagregación del ser, la caída, los terrenos espinosos de lo que ocultan las morales al uso, los esfuerzos para no caer en el vacío y la nada, los espejos cóncavos del infinito y los abismos ontológicos mezclados con apetencias que hacen estragos. Hay que tener esto en cuenta.

 

Cuarto acto. “El bosque de los secretos”

Con este título de lo que nos espera en esta sección, luce recomendable tener presente a María Zambrano cuando escribió: “El claro del bosque es un centro en el que no siempre es posible entrar, desde la linde se le mira y el aparecer de algunas huellas de animales no ayuda a dar ese paso. Es otro reino que un alma habita y guarda. Algún pájaro avisa y llama a ir hasta donde vaya marcando su voz. Y se la obedece; luego no se encuentra nada, nada que no sea un lugar intacto que parece abierto en ese solo instante y que nunca más se dará así. No hay que buscarlo. No hay que buscar. Es la lección inmediata de los claros del bosque. no hay que buscarlos, ni tampoco a buscar nada de ellos. nada determinado, prefigurado, consabido. Y la analogía del claro con el templo puede desviar la atención».

El epígrafe de este acto es de Raúl Bopp y dice así: “Ahora comienza el bosque encriptado. / La sombra escondió los árboles. // La inmensa jungla tiene insomnio”.

En la pantalla del escenario se ve un bosque. Un, dos, tres, cuatro, cinco personajes debaten sobre si esconder los secretos en el bosque o no, y poner al tanto al bosque de eso, o no. Y deciden que sí, pues de esta manera crean “un bosque inquieto. Un paisaje de curiosidad permanente”. Un problema que advierte Hurón es que no se vaya a enterar de esto la doncella, la diosa virginal maestra en el arte del arco y la flecha, “la que hiere de lejos”, la cazadora de ciervos, Diana Cazadora. Entre otras muchas cosas de gran interés y belleza, comenta sobre ella Walter Otto: “Ese es el espíritu divino de la naturaleza sublime, la excelsa reina resplandeciente; el puro éxtasis del encanto, aunque no puede amar, la danzante y creadora que toma al cachorro del oso en su seno y rivaliza, corriendo, con los ciervos. Mortífera cuando tiende el arco áureo, extraña e inaccesible como la naturaleza brava, y no obstante, como ella, todo encanto y emoción, fresca y reluciente hermosura”.


Secretos, sombras, misterios, rompecabezas, enigmas, eso es lo que quieren esconder esta gente del cuarto acto. Y leemos en el texto: “El bosque está todo acurrucado por la agitación de los animales. El vuelo bajo de <Canguro con Alas> siempre es imprevisto. <Rata-Calva-Voladora> lo sigue dondequiera; el frenesí de ambos los impulsa. <Lagarto> improvisa piedras desde donde mantiene su ilusión de control. <Hurón> excava el follaje caído en busca de amuletos para su colección. <Hormiga-Cigarra> canta mientras trabaja y parece ser el personaje más incomprensible de esta fábula de anarquías”. Y leemos también reflexiones sobre la energía solar del canto, <El Bosque> declara su predominio incluso sobre la “errante reina de la soledad”. Escuchamos hablar al “Pastor de los árboles” con una sabiduría ancestral. Sertão eleva el tono filosófico y habla poéticamente sobre la mitología: “Creo que la comprensión de los mitos casi siempre está fuera de lugar. Cuando soñamos, las alas ya no nos sirven para volar, y lo que importa es la fuerza onírica de nuestros pies ligeros. Las noches son la casa secreta de las tormentas. Se alimentan de todo lo que construimos o perdemos durante el día. Las noches desconocen la moraleja de los días. Y los valores nocturnos son una maraña de deseos. Por eso los mitos se niegan a ser una explicación de la realidad”. <Lagarto> destaca que gracia a la filosofía y a la poesía “no sucumbimos a las tinieblas”. Mientras, la perversa de la <Hormiga-Cigarra> con más burla afirma: “Y ahí siguen… hablando, discutiendo… Vaya partida de vagos; y, sin embargo, dicen que yo soy la vaga del Bosque”. <Hurón> expone algunas ideas sobre la inexistencia de la propiedad privada y sobre su teoría del robo sistemático como estrategia política y espiritual.

Hay algo muy hermoso en esta edición digital de El Museo del Visionario. Me refiero a las ilustraciones enmantilladas de Frank Sedlacek (1891-1945), a quien reconocen los editores como “uno de los grandes visionarios de su tiempo. Aunque relacionado a la tradición pictórica conocida como Neue Sachlichkeit (Nueva Objetividad) su creación mágica y reveladora se encuentra más allá de los límites comunes”. Es un regalo y algo más, pues casi que configuran otro contrapunto para acercarnos a la lectura del texto por el camino de este hechizo visual.

*****

Después de este acto vienen seis más, cada uno con lo suyo, con los mismos y otros personajes, nuevas reflexiones, aforismos, ideas, diálogos, una disminución de la marca canibalesca, así como es permanente una puesta en escena donde el carnaval tiene sitio de honor, digo, esa exuberancia para el cambio en el espacio y los semblantes. Entre otras cosas, varios de los capítulos que vienen pueden movilizar la atención hacia vértices no abordados en lo dicho hasta ahora, sobre todo, por la presencia de un amplio repertorio temático. Es un libro que adquiere fuerza propia en cada uno de esos actos que ponen en circulación las diversas modulaciones de algo que está entre el caleidoscopio y el microscopio, entre el devenir y la inmersión. Tocamos con frecuencia el vigor imaginativo que le otorga relieve de superficie a la coreografía visual de las palabras, mientras nosotros, los asistentes y lectores, continuamos por las salas de este vertiginoso museo de la palabra, donde las formas, así como advienen de pronto, así también desaparecen. Siempre está en la obra el asunto del poema, la poesía, la expresión simbólica y plástica como picos muy altos de la vida a los que es preciso volver siempre la mirada –tal como ocurre en estas páginas, donde lo indómito nos invita y lleva a un viaje donde nos iniciamos a través del fondo líquido de otros espejos, de una inspiración como cercana en cuanto a la tierra y el cielo, la tradición literaria, los mitos… otros nombres. Aquí hay muchas cosas para continuar pensando, entendiendo, asimilando.

Para culminar con este ejercicio, quiero celebrar también la increíble junta de Berta y Floriano, pues creo que lograron un verdadero punto de vista compartido, una ficción conjunta y sostenida en esa poesía a la que Lautreamont nos invita a practicar casi a diario.

Un abrazo a los dos.

Miguel Alfonso Márquez Ordóñez

Caracas, 23 de agosto de 2021

 

POSDATA

Siendo consecuentes con la gelatina de la ficción, nos preguntamos: ¿qué tendrá que decir una obra como El Museo del Visionario con lo que ocurre hoy en América Latina? ¿Será que puede leerse en este sentido, cuando se trata de que un poeta del Brasil se reúne con una poeta de Colombia para crear una obra libérrima y a cuatro manos? ¿Estaremos acaso extralimitándonos con el asunto del arte? ¿Es que estamos preparados para asomamos a este mundo americano tan complejo desde el punto de vista del arte? ¿Es que acaso porque dos autores latinoamericanos se propongan una aventura literaria conjunta, uno va a poder sacar conclusiones que impliquen a gentes y países diversos en su propuesta? ¿Es que lo visionario del libro solo tiene que leerse en el registro de la estética y no de lo político?


Creo que estas preguntas son pertinentes y marcan un punto de prudencia en cuanto a las derivaciones que puedan ventilarse a partir de este libro. En este sentido, el error está involucrado por todas partes, y soy de la idea de que no hay que tenerle tanto temor a equivocarnos en la especulación, sobre todo cuando alguien del común y de cualquiera de nuestros países quiera hacerle preguntas a este libro en un sentido más amplio. En lo que tiene que ver conmigo, siento esto como un desafío necesario y atractivo, pues accedo la lectura de este libro en circunstancias políticas de un lector venezolano atravesado por una tremenda y famosa crisis nacional. A lo mejor, esta obra escrita por dos poetas latinoamericanos nos propone una idea sobre esto, o no. Ya veremos.

Entonces nada, pensar no es un delito (¿por qué entonces la necesidad de recordarlo y de alguna manera deslizarlo?). Para ir acercándonos al libro, ya que de esto se trata, quiero referir que, cuando al mencionar hace ya rato el epígrafe de Fellini y calificarlo de extraña advertencia, lo que me despertaba inquietud era lo siguiente. El epígrafe dice así: “Quien quiera ser protegido, debe resignarse a ser protegido hasta las últimas consecuencias”. En cuanto a este que escribe aquí, el asunto del que me cuido es que ese protector no esté en mis planes de lector, ni de artista, ni como latinoamericano tampoco. Prefiero hablar de derechos y no de figuras protectoras o tutelares. Menos todavía me nace la idea de la resignación ante las consecuencias de querer ser protegido en determinadas circunstancias por alguien. No, lo que deseo es que se cumplan tales y determinadas formas en que nos pusimos de acuerdo para funcionar como sociedad. Es decir, la protección sería proveniente de lo que expresen esos mandatos para todos, porque supuestamente han sido elaborados por consenso. Esto desde una consideración general. En el caso de Fellini, estoy ganado de antemano por el sentido de su libertad prometeica como artista en el contexto de una vitalidad creativa fabulosa. Allí están sus grandes obras hablando de los conflictos individuales como patrimonio existencial de primer orden, o de las múltiples transformaciones de una sociedad como la italiana en tiempos de posguerra, o la importancia sentimental, entre tantas otras cosas. Pero el cuidado con una frase de entrada es una verdad, pues me toca ciertas campanitas de alarma y despierta nuevamente la sospecha en cuanto a lo que se puede perder al andar buscando figuras protectoras. Claro que esto no es más que un detalle ínfimo, pero un detalle donde confluyen el interés de la lectura estética y el interés político más a flor de piel, y detalle que me permite introducir el tema de lo social por la vía de una anécdota muy gráfica. De esta manera, esas “últimas consecuencias” del epígrafe las asumí sin protección alguna y me zambullí a conciencia en las aguas inventadas por este par de artistas.

En esta parte del texto, ahora, creo que esta escritura quiere o necesita volver a la obra, o la obra convoca de nuevo a la escritura, pues las preguntas formuladas acá tienen que ver con cada una de estas páginas y con la lectura que cada uno haga de ellas. Entonces, en el imán de pensar sobre lo que diga el libro sobre la vida en común en esta parte del mundo, vuelve a mí el capítulo del hospital psiquiátrico en este Museo (el acto nueve: “El culto distorsiona el mito”) como capítulo indispensable para pensar en eso de las relaciones entre unos y otros, entre el sueño y la realidad. El epígrafe es de Louise Bourgeois y dice así: “El arte es una garantía de salud mental”. En las introductorias palabras de ubicación leemos: “La escena tiene lugar en la sala de un hospital psiquiátrico, es de noche y detrás de los ventanales hay una enorme hoguera alrededor de la cual danzan sombras carnavalescas. En realidad, es un aquelarre que se lleva en la sala del hospital”. Participan acá, si no todos, casi todos los personajes de la obra (personajes con nombres maravillosos, inolvidables, más que simpáticos). Hay la reiteración de una frase por parte de <Teléfono Rojo>, que es esta: “Nada de culto”. Alguien responde: “El culto distorsiona el mito”. En un punto del encuentro, <Nerlock Sholmes> afirma: “Habría que recordar a Diógenes, nadie como él para ser tan lúcido. ¡Quítate de ahí que me tapas el sol! ¿Recuerdan esa frase? El culto oculta el sol, impide que la luz del conocimiento ilumine nuestros caminos; así creamos siempre que caminamos entre las sombras. El culto nos empobrece como seres vivos. ¿Acaso han visto al Lagarto arrodillarse ante alguien? Los animales no tienen dioses; ni siquiera los lobos o los orangutanes, que viven en sociedades tan complejas, se han inventado uno”. Este fragmento dice muchas cosas en relación al protectorado metafísico que surge del miedo de vivir, los cultos a la personalidad, los cultos fanáticos a las ideas, los obstáculos que crea el ser humano para hacerle frente a lo que ocurre con verdadero conocimiento (y en su lugar aparecen tantas ideologías y creencias compensatorias, tantos cultos religiosos, políticos, psicológicos). Y una preciosa y aguda Arlequina Kracovia, que antes fue una rata voladora, afirma y muestra cómo las roedoras saben más que muchos otros: “Ni siquiera en mi otra vida, en la que me llaman Rata-calva-voladora, le rindo culto a alguien. Y aunque están las viejas ratas-calvas-voladoras sabemos bien que no son diosas; y eso que controlan la entrada al nido de toda la tribu antes que la luz del sol salga en lo más profundo del horizonte, ellas son solo guías; nos debemos respeto entre todas”… Ya quisiéramos los humanoides guardar ese respeto entre todos como clave de acceso. Ojalá. Porque esa imagen del psiquiátrico como metáfora de lo social, crece en estas páginas y uno de pronto escucha palabras y ve escenas muy sardónicas sobre las devaluadas democracias en este universo de película crítica: “Echa un vistazo a este payaso deambulando por las calles de la ciudad mientras recibe sobornos en las tiendas por las que pasa. ¡Quién podría decir que algún día sería presidente!”. Otro más adelante precisa: “¿Escucharon eso? De todos nosotros el verdadero suicida es el Presidente. Por mi parte lo he intentado muchas veces y siempre fracaso. En cambio, el Presidente se suicida a cada segundo, renace, se metamorfosea, y vuelve a suicidarse; y así… ad infinitum. Como decía Melquiades: El tiempo da vueltas en redondo. Así nos pasa a nosotros en este eterno mito que es el aquelarre”. En fin, la situación en lo social pasa por el dibujo de lo caótico, la carencia de legitimidad de las figuras que encarnan el gobierno, una especie de salvación por el arte en una catástrofe pública minada en su interior por una deslegitimidad que los locos contemplan con total lucidez. Sin olvidar, por supuesto, el banquete antropófago donde el elíxir de los dioses conduce sin remedio a la exquisita devoración entre nosotros. Un panorama, entonces, si es que la pregunta hacía referencia a cómo se ve la cosa sociopolítica latinoamericana en esta obra, pues creo que fatal por donde quiera que se la lea.

Ahora regreso a lo que venía elaborando sobre el surrealismo y es probable que este movimiento sea un tema que funcione como anzuelo para pensar sobre el arte y estas sociedades, pues si lo entendemos como corriente artística, ética y política, que tiene un contexto de confrontación con el racionalismo, el machismo, el militarismo, el fascismo, los fracasos sociales, bueno, esa tendencia creativa es una manera de hacer arte donde otra lógica y otra ética de los elementos son el sustento de otra mirada del mundo, a diferencia de esos grandes poderes castrantes donde abundan los que se creen los dueños del pastel y los amos de la gente. Desde este punto de vista, son los autores quienes también están llamados a comentar algo en este aspecto, que son varios, puesto que lo primero es si piensan que este libro es una creación surrealista y lo que entienden por eso. Luego, viene el tema en sí de la obra, de lo que ella dice o uno cree que dice. Y es verdad, la cosa tiende a complicarse. En especial, por los cambios de época, el tiempo transcurrido entre los manifiestos surrealistas y la actualidad, el impacto de esa osadía de ayer en los lectores de hoy, los vínculos de esta obra con los modelos históricos del surrealismo…

Abro un paréntesis para anotar una respuesta que le da Floriano al poeta y artista plástico venezolano Franklin Fernández, cuando este le pregunta en una entrevista publicada en Agulha:

–¿Usted cree que el surrealismo siga vivo en Latinoamérica, tanto en la plástica como en la literatura, tan vivo como hace cincuenta o sesenta años?

Así le responde Floriano:

–No, no se puede comparar esto. Son intensidades distintas y no sólo en términos de época, sino también en ambientes geográficos. No me atrae mucho la idea de “seguir vivo”, porque todo sigue vivo en nuestra idea de mundo. El pasado está tan presente en nuestra vida como el futuro. Los casos más frecuentes son de rechazo al presente. ¿Hay un surrealismo presente entre nosotros? Hay motivos de sobra para que los artistas insurjan contra las situaciones más diversas y precarias, siempre”.

Por otro lado, la poeta Berta Lucía, al enterarse de estas preguntas, responde:

“Para mí El Museo del Visionario es una gran critica a cualquier Estado totalitario, llámese de derecha o de izquierda. Los personajes son seres que buscan la libertad absoluta, así nunca la encuentren o cuando la encuentran por algunos microsegundos es solo en su imaginación. Pienso que esa es la verdadera libertad, la libertad del pensamiento y la posibilidad de imaginar mundos cuasi paralelos a la existencia misma y a esta nao que se llama Tierra… Y, por supuesto, nunca dijimos: vamos a escribir una obra surrealista”.

Entiendo que lo anotado es parte del asunto. Una parte importante, pues significa preguntarse por el arte surrealista hoy, cuáles son sus modos y maneras, qué dicen, qué no quieren decir, cómo se los lee.

Por otro lado, en cuanto a mí, esos espejos que se abren acá, en El Museo del Visionario, están relacionados con una subjetividad, la del libro mismo, que muestra:

1. las anchas y amplias posibilidades de entender críticamente lo que nos pasa, más allá de los estereotipos y los tipos marcados por las industrias del ser y las injusticias tradicionales;

2. las limitaciones en que viven las mayorías, caracterizadas por un atraso atroz también en relación al lugar del deseo, el inconsciente, el sueño, el lenguaje, en sus propias y enajenadas vidas;

3. eso circense que va de manos con el juego y la ironía,

y 4. el arte como plataforma de la imaginación en pugna con el medio, cuando se pretenden alcanzar unas relaciones menos intolerantes y despóticas, más respetuosas del individuo y la próspera dignidad colectiva.

Así leo este libro y lo celebro de nuevo, pues viene a hacerme compañía, con esta gente inquieta, intensa, poética y de-mente, en la tarea de continuar creyendo en el trabajo sostenido por una vida mejor. Por último, debo volver a sus páginas. Creo que buscaré como brújula la gozosa sabiduría del Humor. Y tal vez así puede que, en este tupido y bello bosque, llegue algún día a ver más claro.

 


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Número 180 | setembro de 2021

Artista convidada: Virginia Tentindo (Argentina, 1931)

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