terça-feira, 28 de setembro de 2021

SUSANA WALD | Reencuentro con Edouard Jaguer, impulsor del movimiento Phases, [seguido de] Raoul Wallenberg



Vivo con Ludwig Zeller desde diciembre de 1966, a estas fechas hace 45 años. Por mi contacto con él “entré” en el surrealismo, es decir, me hice consciente de sus repercusiones, sus postulados, los textos de los poetas surrealistas tanto de Europa como de América Latina. Este fue un vuelco en mi destino; encontré en el surrealismo la expresión de un modo de vida que intuía, pero que yo misma no había llegado a articular. El surrealismo me alienta, me empuja a seguir adelante y me mantiene en contacto con artistas y escritores jóvenes. (Yo misma sigo joven, pero ya no se me nota...)

Ludwig Zeller tiene la costumbre de hacer todo cuando se lo dicta alguna motivación interior. En diciembre de 1974 me dijo de repente un día que quería escribir una carta a Edouard Jaguer (1924-2006), un crítico de arte y poeta que vivía en París, cuya dirección le había sido dada por Aldo Pellegrini, el poeta, líder del movimiento surrealista argentino, cuando Ludwig estuvo visitándolo en Buenos Aires en 1968. Cuando me dictó la carta, ni Ludwig ni yo teníamos una idea clara de quién podía ser Edouard Jaguer. Aldo Pellegrini le había dicho a Ludwig que Jaguer se interesaba en el surrealismo latinoamericano y que, cuando él (Pellegrini) estuvo juntando material para su antología de la poesía surrealista, Jaguer lo apoyó y ayudó en su tarea. No había entonces Internet ni nada que se le pareciera y no teníamos otra fuente de información para guiarnos sobre qué había hecho Jaguer antes de nosotros conocerlo ni qué planes tenía en esa época.

La carta se fue poco antes del fin del año. A principios de enero recibimos la respuesta de Edouard Jaguer [1] quien nos contaba que en los días entre Navidad y Año Nuevo (periodo en que descansaba el correo francés) había tenido un sueño en el que veía una enorme cantidad de correspondencia que entraba por la ranura de la puerta de entrada de su departamento y que entre todos los sobres había uno que venía de un tal Ludwig Zeller. Contó su sueño a Simone, su compañera, y fue ella quien le recordó que ese era el nombre del escritor cuyos poemas habían leído hacía poco, en traducción francesa de Jean-Louis Bedouin, en el Bulletin de Liaisons Surréalistes (que era una revista de circulación muy restringida, una especie de órgano interno de los que participaban en el surrealismo de los setentas). Vale mencionar que entre los que participaban en el surrealismo en 1974, habían distensiones y los surrealistas que estaban publicando el Bulletin no colaboraban en las actividades que organizaba Jaguer, y tampoco ayudaban a que éstas se divulgaran.

Este sueño de Jaguer, este evento dentro de la más pura tradición del azar objetivo tan caro a los surrealistas, nos decidió a planear nuestro primer viaje a Europa, a París específicamente, cosa que se nos hacía factible ya que yo llevaba varios meses trabajando en Sheridan College, con un buen sueldo. Con unos boletos baratos viajamos en junio hasta Amsterdam, lugar en que conocimos a Frida y Laurens Vancrevel, con quienes estábamos ya en contacto a través de nuestras incipientes publicaciones a cambio de la revista que ellos hacían y que se llamaba Brumes Blondes (esto nos hacía suponer que Frida sería una mujer rubia, cosa que no era el caso). De Amsterdam tomamos el tren a París y tras esfuerzos enormes llegamos con nuestro cargamento de publicaciones, collages, dibujos y esculturas de cerámica al departamento de los Jaguer. El esfuerzo de llegar ahí fue de triple característica: intelectual –en nuestro contacto postal en los meses precedentes entendimos que compartíamos mucho con Jaguer–, emocional –este fue un viaje histórico para ambos, Zeller iba a Europa por primera vez y yo volvía ahí por primera vez desde que mis padres emigraran de Hungría, en 1949– y físico. Esto último en alto grado: fuimos con nuestra carga en metro hasta la estación Simon Bolivar, subimos seis pisos de escaleras hasta la calle, ascendimos las escaleras de la loma llamada les Bûtes Chaumont, en cuya cumbre estaba el edificio en que vivían los Jaguer [2] y luego subimos otros cuatro pisos de escaleras para llegar al departamento. Fuera de aliento al límite de la apoplejía caímos en los brazos de los Jaguer quienes nos recibieron con comprensión y mucha calidez.

Fue un encuentro que nos pareció inmediatamente de cercanía, de empatía que cimentó nuestra colaboración con el grupo que rodeaba a Phases y que lidereaba Jaguer, y produjo que organizáramos exposiciones de surrealistas franceses, españoles y de otros países en galerías de Toronto y sus alrededores, así como publicaciones de textos y obra artística del surrealismo internacional en nuestra editorial, Oasis Publications (1975-1994) y nuestra revista El Huevo Filosófico. A su vez Jaguer nos incluyó en las exposiciones y publicaciones de Phases.


Visitábamos anualmente el departamento de los Jaguer, humilde, de pequeñas dimensiones, [3] pero absolutamente repleto de una increíble colección de arte. Conocimos ahí la obra del italiano Baj, el alemán Richard Oelze, el escandinavo Freddie, el rumano Perahim, franceses como Suzanne Besson, Jean Pierre Vielfaure, Guy Ducornet, y Guy Roussille y otros que con el tiempo incluso se convirtieron en amigos cercanos. Fue en el departamento de los Jaguer que conocimos a E. F. Granell a quien nos ha unido una amistad profunda, y a poetas como Petr Král, Georges Goldfayn, Roger Galizot, Gérard Legrand o Abdul Kader Al Janaby. Fue Edouard Jaguer quien nos facilitó nuestro memorable primer encuentro con Arturo Schwarz con quien nos sigue uniendo una amistad duradera. También fue Edouard Jaguer quien me presentó a Michel Cassé en cuyo taller hice tres litografías, en 1976. A través de las presentaciones de Edouard Jaguer, Zeller y yo conocimos a personas que luego fueron y son amigos cercanos, como Mayo, John Schlechter Duvall, Jean Marc Debenedetti, Rikki Ducornet, Philip West, Marie Carlier, Yo Yoshitome y John Digby. Jaguer tenía interés especial en hacer contactos entre surrealistas de lugares muy diversos del planeta. Y lo lograba con su revista Phases, con sus cartas de introducción y llamadas telefónicas.

Donde los Jaguer respirábamos un ambiente cálido. Siempre nos esperaban con buena comida (la bonne bouffe, decía Jaguer) o con alguna cosilla especial para acompañar el estupendo café que preparaba Simone. Las comidas se regaban con buen vino. Jaguer tomaba cerveza, para disminuir su ingesta de alcohol y se burlaba de que a Ludwig le gustaba tomar Coca Cola, repitiendo: Ludwig et son coca.

Percibíamos que, al igual que nosotros, los Jaguer estaban por completo comprometidos con sus ideales, entregados a la tarea de promover la poesía y el arte visual. Jaguer era poeta y ensayista-crítico y sus artículos sobre artistas de lugares muy diversos se publicaban en libros o en revistas italianas como Terzo Occhio y de otros países, [4] además de la propia revista Phases (primer número, 1954). La hechura de esta elegante revista era obra de Jaguer, él mismo obtenía todos los materiales que ahí se incluían y hacía su diseño gráfico. La revista se financiaba con la venta a precios elevados de los ejemplares especiales de cada número que incluían obra original, generalmente de pequeño formato o grabados de los artistas que se publicaban. [5] Phases no era tan sólo una revista. Era un Movimiento (iniciado en 1952) en todo el sentido de la palabra, con postulados que apoyábamos sus participantes. Al incorporar el abstraccionismo en el surrealismo, Phases proponía abrir una nueva dimensión dentro éste. Esta postura no era aprobada por André Breton quien había excluido al abstraccionismo de su propio movimiento. Esto no significaba sin embargo que el joven Jaguer no tuviera, en su momento, una buena relación con Breton.

Los Jaguer estaban dispuestos a invertir todo lo que tenían en su tarea de impulsar el movimiento. Jaguer tenía un negocio que fabricaba hebillas de cinturones. Además, vendía obra de arte a particulares. Tenía muy buena relación con varias galerías. Una de estas es la de Marcel Fleiss, que se llama 1900-2000. Los Jaguer poco viajaban fuera de Francia, y no hacían mayores viajes dentro de Europa, salvo cuando Edouard estaba montando alguna exposición de Phases. Jaguer, apoyado en la incansable Simone, organizaba muestras en diversas ciudades de Francia y otros países. Habíamos dejado obra en su poder y con esas participábamos en esas muestras.

Al departamento de los Jaguer llegaba una gran cantidad de personas, como Walter Zannini, el director del Museo de Arte de la Universidad de Sao Paulo, en Brasil, o la dueña de una galería de Bruselas. Tanto Simone como Edouard mantenían un flujo constante de correspondencia con muchísima gente y escribían cartas extensas. Tras nuestras vueltas a Toronto nos mantenían al tanto de los eventos que se desarrollaban en París y también otros lugares de Europa. Nuestras cartas fueron siempre respondidas en tiempo muy breve. La planeación de exposiciones y publicaciones fluía en forma continuada.

Edouard Jaguer, desde joven idealista y luchador, había participado con un grupo de Resistencia francesa en contra del nazismo y la invasión de Francia. Era un hombre buen mozo, con ojos muy brillantes que escudriñaban con mucha intensidad y rapidez; con sonrisa siempre a flor de labios; con mucho sentido de humor. Era muy sensual y su mujer, Simone, era tolerante con sus entusiasmos por las mujeres más jóvenes que ella.

Simone firmaba su obra visual, los así llamados collages revestidos, con el nombre de Anne Ethuin.

Una de las actividades de Phases nos llevó a nuestra primera visita a México en 1979 para la inauguración de una exposición en honor de Wolfgang Paalen que organizaron Saúl Kaminer y Edouard Jaguer. En esa muestra participaron, junto con artistas mexicanos, la mayoría de los integrantes de Phases. Se realizó en el Museo Carrillo Gil, en la Ciudad de México; Zeller y yo exhibimos varios de nuestros mirages.

Esa fue una aventura gratísima, como todas las que tuvimos en los muchos años de nuestros viajes y paseos. Uno de éstos últimos fue el que emprendimos con Simone y Edouard quien pidió que buscáramos la casa de Trotsky en Coyoacán. Indagué dónde estaría, pero no pude obtener una dirección exacta. La casa en esa época aún no era museo. Decidimos por lo tanto ir los cuatro, Los Jaguer, Ludwig y yo, a la casa de Frida Kahlo y Diego Rivera; la recorrimos con cuidado. Ahí pregunté de nuevo dónde estaría la casa de Trotsky. Sabíamos que tenía que estar cerca. Tampoco me dieron una dirección exacta, pero sí una vaga idea que quizás la calle tal y tal. Contábamos con la buena voluntad del taxista que nos acompañó en esta expedición. Partimos hacia las calles indicadas y preguntando casa por casa dimos por fin con la que buscábamos. Estaba cerrada, pero insistimos en golpear la puerta hasta que asomó un hombre armado. Le expliqué que la pareja que venía desde París, que nosotros que veníamos desde Canadá... Nos dejó entrar. Esa visita resultó muy emocionante. Vimos la humildad en que había vivido Trotsky, sus cuartos, su escritorio rodeado de estantes de libros en que se apilaban principalmente diarios cuyo papel, para cuando nuestra visita, estaba tan avejentado que a todas luces no podría soportar, sin desintegrarse, que alguien lo tocase. Quien nos guiaba nos mostró con lujo de detalles cómo había sido el ataque a Trotsky, desde la espalda, según él. Y nos explicó que el lugar lo estaba cuidando un grupo de trotskistas dedicados que trabajaban completamente voluntarios y sin recursos económicos para mantener apropiadamente el lugar. Los cuatro estábamos conmovidos y muy callados, andando casi de puntillas. Agradecimos el privilegio de poder recorrer las habitaciones y salimos igual de callados y algo melancólicos para volver al taxi que nos había llevado hacia esa puerta. Fue una visita que nos acercó una vez más a los Jaguer. Compartíamos emociones.


Otro evento memorable en México se dio cuando conocimos por primera vez los refinamientos de la cocina mexicana. Ofrecí, en casa de Manuel Perló, quien nos albergó con mucho cariño en la Colonia Roma, una comida en honor de Jaguer y Kaminer con los principales participantes de la exposición. Una cocinera experimentada me ayudó a armar la comida con delicias que compramos en el mercado adonde me llevó, primera experiencia de ese tipo que tuve en México. Hicimos mole poblano, pescado a la veracruzana y no sé qué otras cosas. Fue una comida muy bien regada. Con el café serví unas obleas de colores netamente mexicanos –rosa, verde, amarillo, azul–, enormes, livianos, doblados en dos y pegados con azúcar, con pepitas de calabaza en su interior, de esas que venden en los tianguis y que para los que estaban en el país por primera vez eran el colmo de lo exótico.

A Simone y Edouard les gustaba tanto el buen comer como a mí misma. Recuerdo que en alguna oportunidad los invitamos a un restaurante elegante en París en agradecimiento de la hospitalidad impecable que ellos nos brindaron en todo momento. Fue en esa ocasión que aprendí de Jaguer la expresión que se les da a las entradas: “amuse gueule”, (que puede traducirse como: “algo con que distraer las fauces”) que me divirtió muchísimo; en esa oportunidad los amuse-gueles fueron carnes frías y embutidos servidos en un canasto y pan con que nos entretuvimos mientras el chef preparaba nuestros platillos.

También emprendimos un breve viaje con los Jaguer, en el auto que él manejaba. Visitamos el taller de un artista, en el “pays de Nerval”, como Jaguer llamaba la zona al norte de París. Ese mismo viaje nos dio ocasión para aventurillas que sólo se puede tener en compañía de quienes conocen bien una región. En los viajes se prueban las amistades. Viajar con los Jaguer fue muy agradable. Conversamos mucho, comimos bien en pequeños lugares que ellos conocían. Era invierno, tiempo de castañas frescas exquisitamente preparadas, marrons glacés, bocaditos que costaban fortunas.

Fue muy variada nuestra colaboración con los Jaguer. Entre las muchas cosas que hicimos hay un libro, Les assises de la grêle, conformado de un poema de Jaguer, con ilustraciones mías en tintas y lápices de color, un libro único en un grueso papel fino de color celeste pálido que se vendió en París. También publicamos en nuestra editorial poemas de Jaguer traducidos al castellano y al inglés con ilustraciones mías.

En París, como en muchos lugares, hay constantes distensiones entre surrealistas con diversos puntos de vista. A Jaguer le gustaba controlar celosamente a los que colaboraban con él, pero contra su gusto –porque habíamos decidido no participar en las peleas internas de lugar alguno–, visitamos a varios surrealistas, entre ellos Vincent Bounoure, Jean-Louis Bedouin (en cuya casa estaba de visita Martin Stejskal, el pintor checo), Annie Lebrun y Radovan Ivsic. Ese afán controlador de Jaguer nos irritaba levemente y también nos entretenía. Era un juego casi como de adolescentes desobedeciendo los deseos de sus mayores.

Nuestra última visita regular a París se dio en 1986 cuando se hizo evidente que los precios europeos eran demasiado onerosos para nuestro presupuesto canadiense. Fue el fin de un periodo de trabajo febril de colaboración con el Movimiento Phases. Sin embargo, no fue entonces que vi a Jaguer por última vez, sino años más tarde, cuando desde Toronto viajé en auto hasta la Galerie Lumière Noire de Montreal que organizó una exposición de sus dibujos. Esta es una obra juguetona con la que se entretuvo Jaguer toda su vida.

La cálida personalidad de Jaguer y su dedicación total al Movimiento que creó hacen de él una figura singular y un muy importante impulsor del surrealismo. Sus muchos ensayos presentaron con claridad sus ideales y sus conceptos en libros sobre artistas como Remedios Varo o Jules Perahim, o sobre asuntos como la fotografía. Muchos nos beneficiamos con su generoso apoyo. A nuestra vez gozábamos en trabajar con él y para el Movimiento. Simone sobrevivió a Edouard varios años. Por lo que sé al final de su vida estuvo ciega. Pero su visión interior tampoco se vio disminuida.

Mi reencuentro con Edouard Jaguer se da mientras escribo estas líneas que me brindan momentos de alegría y cálidas emociones, recorriendo notas de cuadernos de los años en que lo conocí. Que estas emociones puedan darse es señal de que Edouard Jaguer sigue vivo, en el tipo de vida que trasciende lo físico y lo efímero.

 

NOTAS

1. El apellido de Jaguer es un seudónimo que él adoptó -según me contó- aún muy joven, por su entusiasmo por el automóvil de marca llamada Jaguar. Si esto fue verdad o una broma suya, no sé.

2. En 24 rue Rémy de Gourmont, a pasos de la casa en que había nacido Jaguer.

3. Nunca pude descubrir dónde dormían Edouard y Simone. Supongo que tenían una de esas camas que durante el día quedan dobladas o escondidas dentro de un muro.

4. Otras revistas en que aparecían los artículos o poemas de Jaguer: La Main à la Plume, La Revolution la Nuit, Le Surréalisme Révolutionnaire, Rixes, COBRA, Boa, Il Gesto, Salamandre, La Brèche, Aujourdh'hui, XXième Siècle, Ellébore, Les Deux Soeurs, La Tour de Feu, La Nef.

5. Aparece obra de Zeller y Wald en Phases # 5, Segunda Serie, 1975.

 

 

RAOUL WALLENBERG

 


Tuve que verlo, pero no recuerdo su rostro. Le debo la vida, así como la de mis padres y mi hermano. Los que le debemos la vida se cuentan en decenas de miles, quizás hasta cien mil. Era el fin de 1944 o comienzos de 1945. Un duro invierno, con mucha nieve y fríos muy intensos. Yo cumplía siete años un par de semanas antes, pero nadie tuvo tiempo de celebraciones; era un momento en que todas las energías estaban concentradas en salvarse. Los alemanes ocupaban Budapest, mi ciudad natal. Fue entonces que apareció allí Raoul Wallenberg, sueco de nacionalidad, miembro de una gran familia de diplomáticos y banqueros. Por preocupaciones de su socio en un negocio de exportaciones en Suecia, Wallenberg se enteró de las consecuencias de la campaña de persecución racial en Hungría, que barría a los judíos de las zonas rurales y ciudades provinciales, según un plan puntual implacablemente ejecutado por las huestes de Adolf Eichmann, oficial de la SS alemana, seleccionado para la tarea de eliminar de la faz de la tierra a todos los judíos húngaros. Según este plan, Budapest era el punto en que se cerraría la cerca en que ya habían perecido incontados miles, entre ellos toda la familia de mi abuela materna. En la perspectiva de más de cincuenta años, las generaciones jóvenes y personas de países que no han padecido eventos similares difícilmente pueden imaginar que puedan darse horrores como las que padecieron millones en la Europa de los treintas y cuarentas. Salvo, claro, que hayan leído en los diarios los relatos sobre las masacres de musulmanes en lo que fuera Yugoslavia, o los que dirigió Pol Pot en Camboya, o los más recientes de Ruanda —y hay otros ejemplos—. Los seres humanos son capaces de bajezas insondables, de ideas y de obsesiones que a veces nos parecen incomprensibles.

¿Por qué un grupo de seres odia a otro? ¿Por qué una persona puede considerar a otra inferior, desechable, innecesaria, e incluso peligrosa para su existencia? ¿Y por qué hay otros seres que tienen la visión de lo sagrado de la humanidad, de la imprescindible alma humana, de la luz en el ojo ajeno, para la cual todo sacrificio es poco?

Raoul Wallenberg estuvo animado por la sagrada obsesión de salvar a los perseguidos, fue poseso por el espíritu que lo llevó a incontables sacrificios, a soluciones de increíble originalidad e ingenio. Estuvo dedicado incansablemente, día y noche, a la tarea de salvar a gente que no conocía. Obtuvo apoyo internacional y dinero para su tarea. Organizó a un gran grupo de personas para que le asistieran. Uno de estos puede haber sido mi padre.

El evento que recuerdo es que nuestra familia ha ya había sido obligada a abandonar el departamento de mi infancia y estábamos en un edificio de cinco o seis pisos bajo protección de la Legación Sueca donde se amontonaba la gente de a una familia por cuarto. En cierto momento mi madre que se veía muy agitada, comenzó a vestirnos a mi hermano y a mí. Recuerdo que me puso un vestido sobre otro porque se decía que no podíamos irnos sino con lo puesto. Mi padre le insistía en que no se apurara, que hiciera todo lo más lento posible para que fuéramos los últimos en abandonar el edificio.

Cuando nuestra familia, junto con centenares de otras ateridas de frío estuvo en la cola reunida en la nieve, en medio de la avenida esperando que la caravana partiera hacia el exterminio, apareció Wallenberg con sus ayudantes y logró separar nuestro grupo del resto de los condenados. Eso lo recuerdo bien, aunque no recuerde su rostro. Nos llevó a la Legación Sueca, donde pudimos esperar la ocupación de nuestra ciudad por el Ejército Soviético, parte de los Aliados, que acabaron en Europa, en abril, con ese proceso que llamamos la Segunda Guerra Mundial.

Recuerdo que en la Legación Sueca la gente se acomodaba como podía, encima y debajo del piano en la sala, ocupando los rincones en los pisos. Me tocó dormir en un sillón para mí solita, en la mañana cuando en un bombardeo aéreo ejecutado por la Fuerza Aérea de los Estados Unidos le atinaron a una escuela secundaria que sin que los civiles supieran había sido usada como arsenal. El estallido que se produjo fue colosal. Volaron todas las ventanas de la ciudad. Los médicos que había entre la gente reunida en la Legación se pusieron inmediatamente a la tarea de extraer los trozos de vidrio de caras y manos de la gente. La única que no tuvo necesidad de ello era yo que había estado durmiendo al lado de la ventana. Parece que los trozos de vidrio volaron por encima mío. Después de este incidente toda la gente quedó refugiada en el sótano del edificio de la Legación, en un hacinamiento total.

Mi madre, decidida a no permitir que tuviéramos piojos, nos sacaba del sótano y nos llevaba cuando podía arriba, para lavarnos. Recuerdo que el agua, que seguramente no estaba caliente, la sentía tibia en el intenso frío. Mientras mi madre lavaba a mi hermano recuerdo haberme acercado a la ventana y ver desde un segundo o tercer piso a soldados del Ejército del Soviet, arrastrándose de puerta en puerta, en la nieve, luchando con el Ejército Alemán en retirada, en su esfuerzo de llegar a la intersección de nuestra calle con una avenida.

Raoul Wallenberg no se salvó de las consecuencias de esa terrible guerra. Cayó en manos del Soviet, estuvo preso en el Gulag el resto de su vida. No sabemos dónde lo encontró la muerte.


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UMA AGULHA NA MESA O MUNDO NO PRATO

Número 182 | outubro de 2021

Artista convidada: Susana Wald (Hungria, 1937)

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