terça-feira, 17 de agosto de 2021

OTONIEL GUEVARA | La poesía de David Morales: muerte que vence a la muerte

 


Estar al frente de uno de los casos más controversiales de las últimas décadas en El Salvador le ha ocasionado a David Morales (San Salvador, 1966) persecución política y amenazas permanentes de casi todos los sectores del espectro ideológico del país. Se trata de la masacre de El Mozote, que produjo casi 1000 víctimas mortales en varios cantones del norte de Morazán en 1981, perpetrada por el ejército salvadoreño con apoyo de los Estados Unidos. La Fuerza Armada de El Salvador se ha negado sistemáticamente a entregar los archivos que hacen referencia a esta masacre, pero ha sido el actual mandatario, Nayib Bukele, quien ha dado a David un trato abierto de enemigo público, lo que ha provocado una lluvia de amenazas y acosos contra su integridad.

David, que ha dedicado su vida a la defensa de los derechos humanos, camino que lo llevó a ser Procurador de esta institución gubernamental, es un magnífico poeta. Incursionó a la vida cultural del país junto a sus compañeros del Taller Literario Xibalbá, a mitad de la década de los ochenta, en plena guerra, siendo uno de los poetas más sobresalientes por su temprana lucidez y la fineza de su poesía, emparentada al inicio con una vertiente más clásica que luego desembocaría en formas definitivamente vanguardistas, descarnadamente viscerales.

Esta primera etapa bien podría tomarse como un desolado cementerio si uno sólo la contempla desde su literalidad sin asumir el coraje para escudriñar dentro de sus luminosas tumbas: ahí descubriremos corazones pulsantes movilizando aún la sangre, respirando profundo. De esa fosa común puede uno desenterrar esta sentencia, dolorosa y fértil en su certidumbre:

 

No sé cómo hablarte de la muerte

porque el amor crecerá desde ese fango

Versos de Alba

 

Lapidario. La frase que dedica a su amada se convierte en profecía infeliz para su pueblo. Habrá amor, y habrá paz, incluso, pero estarán maculados por una historia desgarradora, por un pasado de muerte y desamparo, tal la historia del poeta, que, al sepultar a su madre también pone término a esa vida donde los juegos son posibles porque están coronados por la inocencia y el amor desmesurado, y de esa manera iniciar una marcha donde por siempre sus hombros asombrados rechinarán bajo el peso de un copioso ataúd.

Será la presencia de la muerte la que lo acompañará inclemente, cuando ejerza su oficio de justicia y el tenor de su voz sea menos melodioso:

 

Nacimiento de esta muerte

que iré regando

por el resto de los días.

Al final

 

La presencia devastadora de la madre muerta copará hasta sus pocas palabras de esperanza. Las más sensuales también correrán por esa vertiente, ese túnel inútil para dialogar, bueno ya sólo para el adiós y un luto sin final previsible. Casi naturalmente, sucederá la dura experiencia de procurar justicia para los martirizados, que en El Salvador constituyen legión, y que se encarnan ferozmente en el martirio de Monseñor Romero y en el sacrificio de niños y mujeres en diversas masacres; ese romper de nuevo la caricia protectora que nos unifica en la cotidianidad, pero también en el devenir. David asumió la responsabilidad tanto en el caso de El Mozote como en el de Romero, devenido en santo de los pobres.


En la masacre de El Mozote la relación Madre-Hijo vuelve a ser incendiada:

 

el vientre con una tumba

metida por la fuerza.

Rufina Amaya

 

Se rompe el ciclo natural de la vida al parir un cadáver, al ser los padres los que entierren a sus hijos. Ya no sólo debemos cargar con la pesada carga de ser huérfanos, sino que dejamos de ser, o si logramos ser es ya desbaratados y pervertidos por el dolor, y nos limitamos a hablar con satisfacción de la túnica que llevaremos el último día, como señalara Roque Dalton en su poema «El Hijo pródigo».

Los primeros poemas de David datan de más de 30 años atrás. Fueron publicados con el nombre de «A la hora de las sombras» en la Revista Ars, que tan sabiamente dirigió el poeta Ricardo Lindo. Luego podremos leer de él un natural tono demencial en «Verdor de sangres», donde el poeta se expone con las venas vaciadas y le comparte a Dios que ya no asusta por ser Dios sino por no ser: Ante el rostro divino hierven los corazones arrancados por la jauría, ante su rostro impotente fluye un río muerto. Ya no hay nada que pedirle, ni por la muerte de los verdugos del pan, ni por la venganza del pobre y del bombardeado, ni por el odio del grito y del torturado, ni por la libertad de la luz y de la tierra desolada. Nada que esperar ni del hombre ni de Dios. Pero esta controversial desesperanza acuna un fuego íntimo que nos permite, todavía, vislumbrar un hueco de luz:

 

¡Ay, Dios, Dolor,

Centuria Maldita!

¿te amo? ¿te destruyo?

Sin sangre

 

Amar o destruir, ¿acaso son opciones en este paraje infernal? ¿Qué fue la lucha armada popular de los setenta y ochenta sino una destrucción fundamentada en el amor a los prójimos? ¿Qué fue esa guerra sino la reacción lógica ante el abrazo ensordecedor del exterminio? Todos los movimientos emancipatorios de la maldita centuria vigésima, ¿acaso no fueron la natural respuesta de un pueblo colapsado por el dolor, la opresión y la impunidad?

Finalmente, en la lúcida y visceral escritura de David Morales, la lucha por el amor exige desterrar todo miedo, toda claudicación, todo inútil afán victimizante, y es además la conclusión que conquista cuando en el poema «Muerte detenida» exclama:

 

...estoy aquí para recoger

las luces que cayeron de tu boca.

 

...no quiero ni una sola lágrima para mis sombras.

 

Pero amor, sin ojos para estas horas solitarias,

desde las sombras cada paso es un encontrarte

y vengo, voy, viajo siempre, labrador que busca tu vientre...

 

Y a pesar de que el tiempo es demasiado malo para seguir jugando, dentro de estas tumbas todavía palpitan muchos secretos para quienes logren sobreponerse al horror de las muertes y hagan de este particular cementerio su más cara sementera.

 

HIJOS DE LA TUMBA

 

Nacimos a la luz de la muerte,

al filo del rostro podrido que dejaría

la mesa vacía para siempre.

Para vivir sembramos nuestros huesos

sobre la tumba amarilla de los montes,

lavamos las heridas y la agonía

con el agua sepultada de la sangre,

cargamos con la noche como con un cementerio.

 

Hijos de la cruz y la tiniebla,

hijos perseguidos del horror,

perdiendo carne por carne

hora por hora los segundos del corazón.

 

Cementerio mío te odio, cementerio mío

me debes tantos muertos.

Cementerio mío eres mi madre,

vientre profundo, patria moribunda.

Cementerio mío, todavía con hambre hemos venido,

a sembrar por última vez

el hacha que te dé la sangre de la vida,

abono para el nacimiento de tu corazón:

por nuestros muertos,

sólo por nuestros muertos.

 

A la memoria del poeta Alfonso Hernández,

16 de diciembre de 1998.

 


VERSOS DE ALBA

 

I

Sabes, de la tormenta oscura desde donde vengo

es la lluvia de los hombres,

es la muerte persiguiéndonos,

es la respiración escondida.

Todo tiempo fue una peregrinación hacia la sangre.

 

En ese lugar, mi amor, entre los demás,

tus ojos solo fueron otra sombra.

Nuestros labios, no solo los tuyos, no solo los míos,

se rompieron contra el río de los cuerpos incendiados.

 

Ahora conmigo, náufrago del silencio,

no sé cómo explicarte la historia de los corceles negros,

esos que nos convirtieron en fantasmas.

No sé cómo hablarte de la muerte

porque el amor crecerá desde ese fango:

irrupción de la noche sobre tus ojos,

piel de la luna retenida,

viento de sombras de la cual saldrás limpia y blanca

y sola, quizá, sin llevar mi muerte escondida bajo el corazón.

 

II

No estás. Sé que no estás.

Que tras toda esa niebla de fuego

no tiembla un cuerpo ni una piel se mueve.

Con la noche terminada, entre cada hoja inmóvil,

has comenzado el andar que teje la ausencia.

 

Ya no vuelvas la cabeza,

alba del amor, muerte del camino,

déjame en la tierra donde la sangre se mueve,

suéltame en el río donde revientan las palabras,

sácale piel a nuestra historia,

siembra otras manos para el que venga.

 

Abandóname que no voy a seguirte.

Al fin de cuentas ya no importa en esta madrugada,

cuando todos los ojos que dejaste

servirán para esperarte hasta la muerte.

 

III

No me habrás besado el catorce de octubre.

Yo estaré sentado alejándome,

pasajero en la corriente de la sangre.

 

Hace tiempo, cuando niño, amé tus ojos,

cuando no esperabas ni una gota de amor

desde la tumba o la palabra,

desde la vida o la sombra.

Aún no estabas, incorpórea,

Pero me empezaba a sufrir la muerte como una lluvia.

Tú probablemente eras feliz entonces.

Pero yo esperaba ya tu adiós sin una lágrima.

 


AL FINAL

 

Se junta y se rejunta el cielo negro

hasta tu vientre.

Donde yo nací.

Carne querida que se desgarra

bajo el sótano de la vida.

 

Se muere y se remuere el grito

entre tus piernas.

Criatura de sombra que se viene

sollozando en el camino.

 

Vas llorando así. Quieta.

Hermanada con la tierra

bajo el aire turbio.

 

Vas bajando así.

Nacimiento de esta muerte

que iré regando

por el resto de los días.

 

DAVID MORALES (El Salvador, 1966). Poeta y abogado. Miembro fundador del Taller Literario Xibalbá. Licenciado en Leyes por la UCA. Participó en el IV Encuentro Internacional de Poesía “El turno del ofendido”. Fue Procurador para la Defensa de los Derechos Humanos de El Salvador. No ha publicado libro.

 

OTONIEL GUEVARA (El Salvador, 1967). Estudió Periodismo en El Salvador y Nicaragua. Fundó entidades literarias como el Taller Literario Xibalbá, el Movimiento Poético Mundial y festivales internacionales de poesía en Centroamérica. Su obra es Patrimonio Nacional desde 2005 y en 2018 fue declarado Gran Maestre de Poesía. Ha participado como poeta, periodista, gestor cultural, conferencista, tallerista y activista político en eventos en América y Europa. Su poesía se ha publicado en más de 40 títulos individuales, ha obtenido más de 20 premios y ha sido traducida parcialmente a 8 idiomas. Como editor ha publicado a más de 200 poetas del mundo. Participó en el documental La batalla del volcán, sobre la poderosa ofensiva guerrillera de noviembre de 1989. Condujo y produjo el programa “Las voces de los poetas” en Canal 10 de Televisión Nacional. Dirige la Fundación Metáfora y el sello editorial Chifurnia Libros.

 


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Número 178 | agosto de 2021

Curadoria: Juana M. Ramos (El Salvador, 1970)

Artista convidada: Liza Alas (El Salvador, 1982)

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