quarta-feira, 27 de janeiro de 2021

ESCRITURA CONQUISTADA | Gustavo Pereira (Venezuela, 1940)

  

“AL DIABLO LOS VERSOS”

 


FM | Tienes una poética esencialmente marcada por proverbios, aforismos, epigramas, poemas cortos, sin que ello implique discontinuidad; o sea, esa aparente fragmentación se escribe con una larga comprensión de su alcance, una conciencia del mundo que está tejiendo. ¿En qué piensa la poesía cuando es escrita por Gustavo Pereira?

 

GP | Un poema es como pieza en un gran damero, ola en el océano del vivir, parte de un todo en movimiento. Creo que fue Tristan Tzara quien dijo que la objetivación de la poesía debía buscarse en el terreno de la vida y por consiguiente toda conciencia del mundo, para un poeta, tal vez no sea sino pequeño destello en su incesante búsqueda en las profundidades para intentar hallar la claridad.

Las Iluminaciones llamó Rimbaud uno de sus libros, y Goethe, desde el lecho mortuorio, al manifestar su angustia o aflicción por la confusión imperante en el mundo, pedía a sus deudos que abrieran los postigos de las ventanas para que entrase luz a la habitación en donde habría de expirar la mañana del 22 de marzo de 1832. Mehr licht!, ¡más luz!, dicen que demandaba. Así todo poema parece dictado por un (¿vano?) intento de salida de un largo túnel, porque la poesía quizá sea también la afirmación de un rechazo (al absurdo, a los desequilibrios del orden social, a los sistemas de expresión establecidos y gastados, a los valores inmutables, a los cadalsos de la lógica, a la brutalidad, a la estupidez, a la imaginación encadenada).

 

FM | Goethe también decía que eran los propios poetas los que causaban más daño a la poesía (“¡Te diré que me carga ver tantos / como pulsan la lira y canturrean!”). Tenemos una gran tensión entre eso y lo dicho por Lautréamont de que “la poesía debe ser hecha por todos”. Y agreguemos una observación de Lezama Lima con respecto a la “concepción del mundo como imagen” a la cual llegaron los poetas (“La imagen como um absoluto, la imagen que se sabe imagen, la imagen como la última de las historias posibles”), concepción que sufre actualmente un desgaste causado por demasía o por uso indebido. ¿Cómo te manejas dentro de ese ardid?

 

GP | Estos asuntos (y estas discusiones) parecen ser, en poesía, eternos. Tal vez por eso convenga remitirnos una vez más a Horacio y a su célebre epístola (que la posteridad ha conocido como Arte poética) para constatar cómo desde hace dos milenios la misma angustia invade a los poetas. Antaño sorprendíase Horacio –y posteriormente también Goethe, y antes y después muchos otros– de que tanta estrofa pudiera ser perpetrada en el mundo en nombre del arte, y de que tanto rudimentario diletante, bajo el amparo o la confusión de no pocos lectores, hiciera versos y los llamara poesía. El texto de Horacio, anteponiéndose al de Lautréamont, pareciera contradecir la aseveración o más bien el deseo de éste, precisamente porque para aquél –y no dudo que también para Goethe y Lautréamont– la poesía era una forma de conocimiento, aunque no en el sentido que le otorgaron después los surrealistas. Scribende recte sapere est et principium, et fons (el principio y la fuente para escribir bien es tener conocimiento), decía el gran poeta de Venusia, empleando sapere como derivado o equivalente de sapientia (conocimiento, juicio, sensatez). “La sabiduría dictó en verso sus primeras enseñanzas”, añadía. Y puesto que atribuía al poeta una cualidad a la que no bastaba la inclinación natural (o “inspiración”), resulta obvio deducir que para él la poesía no podía ser hecha por todos. Recordemos que Lautréamont escribió “la poesía debe…”, y no “la poesía puede…”. Tal sigue siendo la aspiración de todo poeta: compartir los dones de la poesía-acto creador como se comparte el aire que respiramos.

Otro asunto es el de la imagen como absoluto. Al igual que la razón, la poesía no podrá librarse nunca de la imagen. La poesía halla en la imagen el instrumento que le permite representar y armonizar las fuerzas y hasta los elementos contrarios del universo, concordar las antinomias. Pero las virtudes y limitaciones de la imagen eran y son también las limitaciones de la razón. En la medida en que las sociedades humanas se transforman mediante la conquista de conocimientos, valores y derechos –entre ellos los fueros de la imaginación y el ejercicio de la libertad– en esa medida se modifica, no la poesía, sino la concepción y la percepción que se tiene de ella. Cada cambio en el espectro social, en las relaciones de producción y en el mundo objetivo significan cambios del espíritu y, por supuesto, cambios en el mundo de la poesía, porque la poesía no existe fuera de la conciencia humana.

Creo sin embargo, con Sartre, que el problema central consiste en ver hasta qué punto la poesía puede salvar la distancia que la separa de la vida. El poeta, si no es un simple creador de soliloquios, debe insertarse en el gran drama humano, hoy más que nunca necesitado de conciencias sensibles para sobreponerse a la injusticia, a la violencia y a los poderes omnipresentes.

 

FM | “Todo empieza y termina en la eternidad / Pero la eternidad no sabe de nosotros // Sus pobres soñadores”. Este poema se chama “Somari de la eternidad”. Se trara de una clara defensa de una escritura de la brevedad, sí. ¿Pero por qué recurrir a un término japonés?

 

GP | Deduzco que el “término japonés” al que te refieres es la denominación “Somari” que, aunque lo parezca por fonética, no es palabra japonesa; se trata de un neologismo que vino a mí cuando me vi forzado a nombrar cierto poema corto entre los que en aquel momento corregía. Al comienzo a estos textos los llamaba poemitas, o simplemente poemas breves, pero tal me parecía una suerte de profanación. Así que decidí nombrarlos “somari”, y debí escoger esa denominación para diferenciarlos de otros de semejante preceptiva o concisión, puesto que el somari, a diferencia de la tanka o del haikú japonés, carece de métrica específica, no tiene intencionalidad precisa como el epigrama griego o romano ni estructura cerrada como el soneto itálico, sino que lo caracteriza, amén de la brevedad, su libertad formal, su poliantea y casi siempre su laconismo.

En uno de sus ensayos –que prefiero a sus versos– Ezra Pound hablaba de la poesía como arte de la concentración y explicaba cómo ciertas analogías idiomáticas sustentaban tal tesis (por ejemplo, el verbo alemán dichten, que quiere decir condensar, corresponde al sustantivo dichtung, que significa poesía). Aunque comparto esta observación, a la que por cierto el propio Pound fue infiel, en la historia de la poesía la brevedad no siempre fue una constante y el lenguaje poético no siempre expresión de concisión. En mi caso es casi un requerimiento indispensable, pues temo más a lo farragoso que al vacío.

 

FM | Jamás imaginé que se tratara de un neologismo, considerando, apresuradamente, su afinidad con la tradición japonesa. Bueno, me parece que estableces una relación indebida entre brevedad y concisión; no siempre un poema breve es conciso. En poetas de gran aliento –por ejemplo, el cubano Lezama Lima–, la consición (en el sentido de precisión) se procesa en largos poemas. Este es un buen exponente de poética densa, intensa, precisa y al mismo tiempo extensa. A veces la brevedad viene más de la escasez de discurso que propiamente de un dominio del lenguaje o de una inclinación por una forma más breve de expresión. ¿No crees? Claro que considero aquí la tradición lírica de Venezuela, fuertemente representada por el poema breve, como se puede verificar en Rafael Cadenas, Juan Calzadilla, Luis Alberto Crespo e Reynaldo Pérez Só.

 

GP | Tienes razón en cuanto a que la concisión revela ante todo economía de medios para expresarse con precisión o exactitud, mientras que la brevedad define la extensión o duración de algo. Digamos que lo breve puede implicar lo conciso, pero no necesariamente ocurre al revés. Como tú bien dices, un lenguaje conciso no tiene por qué ser breve, pero yo no podría afirmarlo específicamente en el caso de los somaris, pues sería un exceso de pedantería. Por eso, antes que el de “concisión”, que parece virtud, prefiero el término “brevedad”, que es simple sustantivo, al referirme a ellos.

 

FM | Leo en un ensayo de Oscar Sambrano Urdaneta sobre Vicente Gerbasi, que el autor mantiene cierta renuencia a mencionar la influencia del Surrealismo en la obra de los poetas de la generación de Viernes, dando la impresión de que fue mucho más fuerte la afinidad con el romanticismo alemán, por ejemplo. ¿Podrías aclararnos algo a este respecto?

 

GP | En varios de los poetas de la generación del grupo Viernes fue evidente la influencia del lenguaje surrealista. Recalco lenguaje porque, como sabemos, el Surrealismo se propuso ir más allá. La actividad surrealista partía de una voluntad dialéctica de destrucción-creación que se ejerció en todos los aspectos de la vida, incluyendo la política. Probablemente los poetas de Viernes no compartieran las posturas iconoclastas, la escritura automática y acaso mucho menos el postulado central del movimiento surrealista de restituir el funcionamiento real del pensamiento (y la violación de la racionalidad que ello conllevaba). Pero para mí resultan evidentes los aportes surrealistas a la poesía de integrantes de Viernes como Luis Fernando Álvarez, José Ramón Heredia y el propio Gerbasi en cuanto atañe a la ruptura de las limitaciones –expresivas y espirituales– que toda gran poesía emprende.

 

FM | Por su parte, al escribir sobre Trópico Uno, Ramón Ordaz observa que el grupo de poetas que se reunía en torno a esta revista, aun cuando tenía bien claras sus propuestas estéticas e ideológicas, se hallaba “contaminado del absurdo dadaísta y del desplante surrealista que caracterizó a otros grupos de la época”. Insisto en este aspecto porque, incluso antes de la aparición de un grupo como El techo de la ballena, ya era visible la identificación con el Surrealismo en poetas como Gerbasi, José Lira Sosa, Juan Sánchez Peláez y tú mismo; o sea, los poetas venezolanos acompañaron al Surrealismo desde sus primeros momentos. En un ensayo sobre Peláez, vemos que Juan Liscano llama la atención sobre el hecho de que en este poeta “la poesía no está al servicio de la tesis surrealista”. ¡Coño!, pero esto no ocurre ni siquiera en los grandes poetas… surrealistas. No se trata de filiación sino de reconocimiento. ¿Crees que en América latina, en general, y en Venezuela, en particular, habría cierto temor de mencionar la identificación con el Surrealismo, por ejemplo, porque esa mención podría interferir en los lineamientos de una poética propia, desligada de cualquier influencia europea?

 

GP | Es posible que allí estuviera la causa, tal cual señalas. Pero no hay que olvidar que en el siglo XX los movimientos de vanguardia europeos imantaron de modo considerable el quehacer literario en toda América latina como otrora lo hicieran el neoclasicismo, el romanticismo, el parnasianismo, el simbolismo, el imaginismo y pare usted de contar. No pocas veces nuestra América sirvió como sombra, espejo, eco, cobijo o fruto contrahecho de forasteras revelaciones y doctrinas, y esto no constituye nada nuevo en la historia de la humanidad, que es una historia de influencias recíprocas. Lo que verdaderamente debe importarnos es si esas influencias traicionaron o no el propio ser, o por el contrario lo nutrieron. No se me escapa que desde México hasta Chile los jóvenes creadores que asumieron a plenitud los vientos renovadores que estos movimientos alentaban, optaron en ocasiones por cambiar de alma como se cambia de camisa, y renegaron de la suya. Diría Louis Aragon, “si la moda de una generación es afeitarse ¿qué quieren que haga la siguiente, sino dejarse crecer la barba?”. Tal vez en esa dirección entiendo la segunda connotación de tu pregunta. Y añado: no existe una poética original, ni siquiera en los pueblos silvestres, primitivos o indígenas. La originalidad me parece vana pretensión humana. Toda poesía es mestiza, así como cada palabra es gregaria, hija de un colectivo que, a su vez, se nutre de otros. Prefiero hablar de diferencia.

El Surrealismo llegó hasta nosotros a galope con su bandera insurrecta. No olvidemos que en una de sus etapas formó parte del movimiento revolucionario, antes de que Breton decidiera convertirse en Papa e impusiera una suerte de catecismo trocado en cartilla o en pirueta que finalmente melló el espíritu original y subversivo del movimiento. Y no es que aquí existiera temor a proclamarse surrealista, sino que quienes lo eran lo asumieron, y quienes no, no. Creo que en el fondo, en el caso de algunos, privaba el hecho de no querer hacerse parte de otra logia. En otros casos, como tú bien asomas, y ese es el nuestro, no se trató de una filiación a sus postulados pero sí de un reconocimiento solidario a la presencia de un movimiento que representó a nuestros ojos la disidencia contra la formalidad academicista, la rebelión ante la servidumbre del poder, la denuncia de los antivalores establecidos, el desprecio a la mojigatería convencional y a la carrera literaria y, en suma, la lucha por alcanzar el verdadero reino de la libertad.

 

FM | ¿Cómo surgió Trópico Uno? ¿Cuáles eran esas propuestas estéticas e ideológicas aludidas por Ramón Ordaz, sobre todo considerando un período bastante concurrido en términos de revistas literarias en Venezuela?

 

GP | Trópico Uno surgió del hecho fortuito de habernos encontrado un pequeño grupo de poetas y artistas plásticos en una ciudad del oriente venezolano, Puerto la Cruz, a comienzos de una década, la de los sesenta, signada por la rebelión contra el gobierno de un presidente lacayo del imperio. Era, si se quiere, una insurgencia juvenil hija de aquella particular circunstancia histórica, y se inscribía en la gran conflagración que en el plano del espíritu se libraba en el mundo contra los poderes imperiales y la hipocresía. Pese a nuestras afinidades políticas y estéticas, no constituimos un grupo literario, sólo nos propusimos editar una revista. No publicamos un manifiesto sino un antimanifiesto en el que declarábamos, entre otras cosas, que no había nada tan sospechoso en el terreno de la literatura como una revista literaria, tanto más si provinciana, y que no creíamos en la literatura, aunque la perpetráramos, y que la revista no aparecía para renovar nada ni para llenar ningún vacío. Nos unía no sólo una propuesta artística sino un modo de estar en el mundo, una posición ante y en la vida. Creíamos con Tzara que nuestro compromiso de sujetos-poetas con los otros factores (objetos-sucesos) de la realidad, trascendía la disciplina moral y espiritual para convertirse en compromiso total con la vida y en plena identificación con la poesía. Quiere decir que para nosotros la poesía era una forma de conocimiento y no simple ejercicio de ociosos ni ingenioso placer de los sentidos ni regodeo de estetas.

 

FM | Si pensamos en lo que afirmaba uno de los manifiestos de Trópico Uno, acerca de “su furiosa intransigencia en favor de crear la atmósfera subversiva que, hoy por hoy, el hecho poético reclama en nuestro país”, ¿cómo evaluar la escena poética en Venezuela en este inicio de un nuevo siglo? Pienso, por ejemplo, en lo que dijo José Luis Sánchez Trincado (Siete poetas venezolanos, 1944): “Después del Surrealismo, iremos, acaso, a un nuevo clasicismo que, sin embargo, creo que será menos retórico que el clasicismo de la Ilustración y el del realismo y más lúcido”.

 

GP | Para mí el inicio de otro siglo no significa nada. El tiempo, como dijera Ramos Sucre, es un invento de los relojeros. Así que la poesía sigue allí, donde existe, representando lo que representa. No hay manera de eludir el destino, pues siempre se tropieza uno con otro destino. Aquella atmósfera subversiva que muchos de nosotros alentamos en aquel tiempo –y hasta hoy– iba más allá del hecho poético porque intuimos que la poesía no era trozo aislado de la vida, sino la vida misma de un ser humano en relación con otros seres y con el universo. Si algunos intentamos expresarla escribiéndola, convirtiéndola en poema, no significa que al hacerlo la hubiésemos suspendido de un gancho en el ropero para que se estuviera allí, tranquila y echada, colgando su tristeza. Parafraseando a Gramsci –quien sostenía que el arte no está hecho para servir sino que sirve porque es arte–, podríamos decir que la poesía siempre ha sido subversiva, es subversiva per se. Y esta subversión tiene que ver con todos los órdenes de la vida, sobre todo el del espíritu.

Aquella consigna de Marx que los primeros surrealistas hicieron suya: cambiar la vida, transformar la sociedad, también nosotros la asumimos en presente, pasado y futuro. Ahora bien, cada quien (y en el cada quien subyace el cada poeta) es dueño de sus intenciones, aunque los versos, una vez escritos, pertenezcan a otros. La atmósfera subversiva a la que aludes tenía blancos específicos y no creo que éstos de ahora hayan, en lo fundamental, cambiado. La injusticia en el mundo sigue allí. Pero la situación en mi país ya no es la misma, aquí los hechos se suceden de modo acelerado, el proceso bolivariano comienza a transformar la realidad en muchos aspectos y al menos para mí en uno esencial, hermoso y constatable: los seres invisibles se volvieron visibles. Por primera vez desde nuestra independencia de España la inmensa legión de desheredados, ese casi 80% de nuestra población otrora ignorados y excluidos por las clases dominantes como no fuera para escarnecerlos, parecen decididos a tomar las riendas de su destino, actúan políticamente, estudian, se organizan y sueñan sueños posibles que construyen cada día. Este solo acontecimiento basta, en mi caso, para avalar aquello que permitió que esto ocurriera, es decir, aquellas furias trajeron estos alborozos. Y tal vez –sólo me atrevo a decir tal vez– de esas presencias nazca otra poesía, menos apegada a la retórica, a la postración y al desencanto.

 

FM | De la escena poética a la escena política, por lo tanto. Aunque sea un error separarlas, como se hace en Brasil. Mi breve estada en tu país y el subsiguiente acompañamiento de lo que viene pasando, en ese proceso que tan bien sintetizas –lo de la visibilidad de lo que antes era invisible–, todo esto me coloca a tu lado en términos de buenas expectativas, a punto tal de pedirte que comentes un poco más acerca de las responsabilidades que involucra tal proceso. ¿Con qué destino tropiezan hoy los poetas en Venezuela?

 

GP | Depende de los poetas. En este caso sólo puedo hablar por mí, y creo haberte adelantado mi parecer. Siempre me ha sorprendido el desconocimiento y la poca importancia que muchos poetas venezolanos otorgan a la historia, como si la poesía fuese un arte autárquico, desvinculado de la vida y específicamente del acontecer social, o como si ello fuese posible en un reino que como el de la palabra constituye expresión de la propia existencia, incluida la imaginación (sempiterna loca de la casa). Extrapolando un viejo aforismo que recuerdo de mis estudios de derecho, cabría recordar que la ignorancia de la historia no excusa de su cumplimiento.

Percibo por tu pregunta que lo mismo ocurre en Brasil y comparto contigo el criterio de que es un error separarlas, porque el trayecto de la poesía es el de la historia de la humanidad y porque la poesía nació con el primer deslumbramiento, con la primera angustia, con la primera melancolía humana.

Pero respondiendo a la raíz de tu pregunta, tú mismo, al visitar Venezuela, habrás podido ver cómo en nuestros grandes medios algunos escritores y poetas hablan de la dictadura o autocracia que hoy azota mi país, y adjetivan e infaman y acusan de hordas a las mayorías que apoyan al proceso bolivariano. No es que ellos no sepan qué es dictadura: algunos la han padecido, y otros tolerado. Como tú decías en fecha reciente, toda casta intelectual se organiza en el sentido de cooptación con el poder, aunque esta vez, agrego, tendríamos que precisar en dónde se halla el poder verdadero –no el de fachada–, lo que nos llevaría a un estadio de definiciones. Entiendo la disidencia como una actitud consustancial al poeta, y en lo personal me entristece el patético destino de los poetas-bisagra, expertos en ditirambos, genuflexiones y reverencias. Pero es necesario precisar sobre qué se disiente, ante quién o quiénes y en nombre de qué o quiénes. Sucede que en mi país algunos “disidentes”, cuyos goznes y charnelas aún resuenan en los espacios y oficinas de los verdaderos poderes y cuyas voces enmudecieron cuando aquí y en Latinoamérica se cometían los peores crímenes, ahora súbitamente han despertado y vociferan. Yo celebro este despertar, porque entre la indiferencia y el egotismo, entre la disonancia y la vanidad, entre la pantomima y la patraña, entre el sainete y la intolerancia, la disidencia –aun la menos desinteresada– puede parecer una herejía, y toda herejía es revolucionaria, si es verdadera.

 

FM | ¿Todavía dirías hoy: “al diablo los versos”?

 

GP | Todavía, pero no me atrevería a decir “al diablo la poesía”. La poesía nace como salvoconducto de lo humano ante sí mismo. Su Tung-Po, llamado Su Chi, quien viviera en la China imperial del siglo XI, escribió que la poesía era la única recompensa del poeta. Y Luis Cardoza y Aragón, el gran guatemalteco tan olvidado, decía que ella era la mejor prueba concreta de la existencia humana.

 


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Escritura Conquistada – Poesía Hispanoamericana reúne ensayos, entrevistas, encuestas y prólogos de libros firmados por Floriano Martins, además de muestra parcial de su correspondencia pasiva.

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 - Escritura Conquistada - Poesía Hispanoamericana -

Floriano Martins

ARC Edições | Agulha Revista de Cultura

Fortaleza CE Brasil 2021



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